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La especialización del saber nos ha llevado a pensar en que éste puede dividirse en compartimentos. Para cada uno hay una aplicación concreta y simple, un uso claro para todos. En ese proceso la filosofía quedó en una zona indeterminada, difícil de encajonar y, por tanto, de clasificar. De aquí que el filósofo como compañero de diálogo sea una alternativa de lo más sencilla. Siguiendo la búsqueda de la solución más sencilla, en el camino de la navaja de Ockham, se trata de no multiplicar problemas sino de empezar por el punto más claro posible. Pero, ¿qué aporta el filósofo como compañero de diálogo?

Habría que decir que no se trata aquí de hacer una apología de la filosofía. Tampoco se trata de encontrarle, por fin, el compartimento adecuado. Tratar de reducir la filosofía a una parcela del saber es entenderla mal desde su raíz. Pero podemos comprender que lo que no podemos clasificar nos inquieta y desata ese instinto básico de negación-destrucción ante lo que no “dominamos”. Así que por eso se toma como punto de partida algo más amable: el filósofo como compañero de diálogo. Algo que, me parece, puede ser una contribución modesta pero de un gran valor para las necesidades de nuestro tiempo. Una de ellas es precisamente la de la escucha. Lo curioso es que esta idea lo acerca a figuras como la del psicólogo. Esto, a su vez, nos lleva al problema de la cura.

El filósofo como compañero de diálogo lejos del diván

Ya hemos hablado por aquí del tema de la cura y el acompañamiento filosófico. Recuperemos solamente la noción de cura como ocupación. Curar es ocuparse de algo. Esto nos llevaría a entender que el filósofo como compañero de diálogo ha de ocuparse de algo más allá del mero gusto de una charla. Vamos a decirlo de otra manera. El psicólogo habla y escucha (el orden de los verbos es intencional, pero hay casos extraordinarios en los que se consigue la inversión). Pero en ese proceso tiene un objetivo, es un diálogo con agenda. Ese objetivo, idealmente, es el de ayudar al otro con sus problemas. El filósofo, por su parte, puede que hable mucho más de lo que escucha. La imagen que tenemos de él es la del sujeto perdido en su soliloquio. Un indagador nato, sin duda, pero no necesariamente en diálogo con los otros. ¿Cómo ayuda esto entonces? Escuchemos a Epicuro:

Vana es la palabra del filósofo que no cura ningún padecimiento del hombre. Pues así como de nada sirve la medicina si no expulsa las enfermedades del cuerpo, tampoco hay provecho alguno en la filosofía si no expulsa el sufrimiento de la mente. Epicuro

La palabra del filósofo ha de ocuparse de algún padecimiento del hombre. Pero no de cualquiera, sino de un sufrimiento de la mente. Esto acerca la labor del filósofo a la del psicólogo, de acuerdo a nuestra idea moderna de ambos. Nunca está de más recordar que la autonomía de la psicología es bastante reciente. No es sino hasta finales de 1800 que la cercanía con la fisiología comienza a marcar un camino distinto al que llevaba hasta entonces de la mano, precisamente, de la filosofía. Siglos de convivencia tenían que dejar una huella. Así que tampoco debe extrañarnos esta cercanía entre psicología y cercanía. La diferencia, sin embargo, está en que la primera cuenta con un método y estructura para su diálogo. Hay una orientación clara desde el primer momento. Mientras que el filósofo realiza su diálogo lejos del diván.

Salud mental y diálogo filosófico

No quiero decir con esto que la psicología se limita a la práctica psicoanalítica que tiene en el diván como figura representativa. Lo que quiero señalar, por el contrario, es que ambas disciplinas tienen en el diálogo una herramienta en común. Las palabras de Epicuro responden a un contexto en el que la separación entre estas dos áreas no existía. De aquí que su concepción de la filosofía pueda entenderse como una práctica vital que se ocupa del padecimiento del hombre, una práctica que busca abrir mejores horizontes. Algo propio de las escuelas helenísticas. Así, el diálogo filosófico se pensaba como una herramienta para alejar los sufrimientos y procurarse una vida mejor y más feliz. ¿Cómo se consigue eso?

La pregunta es la herramienta que marca una diferencia entre psicología y filosofía. - tuitéalo    

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Lo primero es no confundir el diálogo con un acto de magia. No hay tal cosa como técnicas que con dos o tres pasos seguidos sistemáticamente lleven a una liberación del los males y abran la puerta a todos los bienes. Al menos esto no es lo que encontramos ni en la psicología ni en la filosofía, por supuesto. Epicuro compara las enfermedades del cuerpo con el sufrimiento de la mente. Esto bien nos puede llevar a pensar en el concepto de salud. Pero hay que tener cuidado con esa palabra. ¿Qué entendemos por salud? Y justo aquí damos con la bifurcación fundamental entre psicología y filosofía: la pregunta. Preguntarse por lo que se entiende por salud en este caso y realizar un ejercicio de aplicación a nuestro contexto particular es precisamente el aporte del filósofo como compañero de diálogo. ¿Y eso se supone que debe curar el sufrimiento?

El filósofo como compañero de diálogo para pensar mejor

La respuesta es clara: por supuesto que no si por curar entendemos eliminar. Este es el equívoco de la frase de Epicuro que habría que revisar con lupa. Recuperamos la noción de cura como ocupación precisamente porque el filósofo como compañero de diálogo lo que hace es ocuparse del sufrimiento. Pero para hacerlo tiene que verlo, reconocerlo, dialogar con él. Esto, de nuevo, no quiere decir que el psicólogo no se ocupe del sufrimiento o que no se haga preguntas. Lo que marca la diferencia es el tipo de pregunta e interés que suscita en uno y en otro. La apuesta de la filosofía es la del esfuerzo intelectual. Se trata de darle su justo lugar al sufrimiento a través de un esfuerzo de la inteligencia. Su compromiso es ontológico y epistemológico, para decirlo técnicamente.

El filósofo se compromete con pensar mejor el sufrimiento para comprender nuestro problema particular. - tuitéalo    

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El psicólogo, por su parte, puede contar con múltiples herramientas y estrategias. Muchas de ellas no tienen nada que ver con el diálogo. El filósofo, mientras tanto, dialoga para escudriñar los elementos que sostienen una idea o un comportamiento. Nos conduce entonces por un camino que permite pensar mejor lo que nos sucede. Las preguntas del filósofo, para decirlo de otra manera, tienen un compromiso con una perspectiva global. Seguir ese camino lleva a la comprensión de las conexiones más insospechadas. Pero no en el sentido de un análisis del pasado, sino de una comprensión global de lo que implica el sufrimiento y lo que pensamos sobre un sufrimiento en particular. El filósofo como compañero de diálogo nos lleva a ver más allá de nuestra propia perspectiva. Esa es una manera de ocuparse también de nuestro malestar que puede tener como consecuencia la expulsión (que no exclusión) del sufrimiento de la mente.

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