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En el habla cotidiana hay expresiones que resultan reveladoras cuando ponemos atención más allá de su sentido inmediato. Un par de ellas tienen que ver con puentes y muros. Cuando queremos hacer referencia a un acercamiento, a un diálogo, hablamos de “tender puentes”. Mientras que para hablar de lo contrario, es decir, del alejamiento y la distancia, decimos: “levantar un muro”. Parece evidente el sentido, pero entre puentes y muros vamos configurando el espacio que habitamos y conformando la manera en que nos relacionamos unos con otros. Es entonces que cada una de las frases adquiere una relevancia singular: develan posibilidades de lo humano y suponen elecciones vitales de hondo calado.

Lo primero que llama la atención es el verbo que acompaña a cada frase. Las acciones que corresponden a puentes y muros son radicalmente distintas y definen la orientación que ha de seguirse. Tender habla de poner en tensión, de un desdoblamiento que une dos puntos distantes. La orientación en este caso tiende a ser horizontal. Levantar, por su parte, apunta hacia arriba. Su objetivo no es unir la tierra y el cielo, sino establecer un límite vertical para evitar el paso. Una simple consideración del verbo propio de cada uno nos lleva ya a tomar conciencia de lo que implica tender y levantar, es decir, la elección entre la horizontalidad de un diálogo y la verticalidad que lleva al cierre, alejamiento y distanciamiento. ¿Qué más puede decirnos cada una de las frases?

Puentes y muros: lo humano frente a los retos

El filósofo alemán Georg Simmel dedicó un ensayo a dos figuras: Puente y puerta. Ahí nos dice: “Sólo para nosotros las orillas del río no están meramente la una enfrente de la otra, sino ‘separadas'”. He ahí la mirada humana que contempla el río. Esa mirada decide que un orilla y la otra están separadas y con ello abre de inmediato la posibilidad de la unión. Poner distancia, es más, introducir el concepto de distancia abre ya el reto y la posibilidad de vencerla. Si las orillas estuvieran ahí “meramente la una frente a la otra” no habría distancia alguna y, por tanto, hablar de separación no tendría sentido. Pero encontramos de pronto la distancia y ello nos hace suponer que alguna vez ahí donde el agua corre marcando la separación hubo alguna vez una unión de las orillas. Despierta entonces el gran titán de la voluntad para extenderse y unir dos puntos que hasta entonces estaban ahí el uno frente al otro.

Entre puentes y muros encontramos distintas manera de enfrentarnos al mundo. - tuitéalo    

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Pero qué pasaría si eso a lo que se enfrenta la mirada humana le genera una de esas pasiones fundamentales: el miedo. Imaginemos a un humano ingenuo que pretende atravesar el río y muere arrastrado por la fuerza de su caudal. Una reacción primaria podría ser la de relacionar el cuerpo acuoso con el peligro. El instinto de conservación nos llevaría a mantenerlo a distancia. Levantamos la mirada implorando a no sé qué fuerza que nos libre de caer en la trampa mortal de hidrógeno y oxígeno. El ingenio entonces nos lleva a levantar la plegaria en forma de muro. - tuitéalo     La protección se materializa evitando el paso, marcando la distancia, erigiendo un límite entre el lugar seguro y el peligro exterior. Esta reacción es una reafirmación del yo que busca un espacio libre de amenazas.

Manifestaciones de la voluntad

Entre puentes y muros podemos encontrar, entonces, diferentes manera de manifestación de la voluntad humana. La distancia es un reto a resolver, mientras que el peligro es un elemento a expulsar, una demanda de guarida. Pero volvamos un poco sobre las palabras de Simmel: “el puente simboliza la extensión de nuestra esfera de la voluntad sobre el espacio”. Ante la distancia nos proponemos entonces una manera de superarla. Pero no se trata de llenar de tierra el río para generar unidad ahí donde hay diferencia, sino de conectar manteniendo las orillas una frente a la otra. La distinción es fundamental. Sí, hemos de extender nuestra voluntad tendiendo puentes ahí donde impera la distancia, pero la operación no supone la anulación de la misma sino su superación. Por eso la horizontalidad se lleva bien con la disposición al diálogo que reconoce la diferencia.

Puentes y muros son formas en que la voluntad humana se materializa en el mundo.  - tuitéalo    

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Levantar un muro es también una manifestación de la voluntad. Hemos de resguardarnos marcando un dentro y un fuera. Aquí encontramos la zona en la que podemos movernos sin peligro, allá está la zona de riesgo y peligro. El muro marca un territorio, pero cabe preguntarse si se trata de una frontera permeable o impermeable. Como bien supo ver Eugenio Trías en Lógica del límite, la frontera puede entenderse como un obstáculo o como un punto de tránsito. Demarcar el territorio, por tanto, no significa que no se dejen puertas o ventanas para seguir teniendo cierta noticia de lo que ha quedado fuera. Traspasar el límite, de hecho, podría tener un sentido positivo en la medida en que el miedo a lo indómito ha sido superado o al menos enfrentado. La voluntad, entonces, puede requerir del levantamiento de muros para reafirmarse, para resguardarse y sentirse segura. Pero el claustro despertará tarde o temprano otras inquietudes.

Vía de escape

El encierro, entonces, genera una reacción contraproducente. Levantar muros conduce al aislamiento que tarde o temprano nos pasa factura. El zoon politikón que somos no se somete a una prolongada soledad fácilmente. Este tipo de ejercicios ascéticos deberían ser revisados en otra oportunidad. Por lo pronto, sabemos que un muro que se pretende como obstáculo seguramente terminará siendo un punto de tránsito. Pensemos en el cuarto propio, en nuestra habitación. Los muros de la intimidad nos son muy preciados, pero nadie dudaría en la importancia de la puerta que nos permite entrar y salir con libertad. Escuchemos una vez más a Simmel:

Es esencial para el hombre, en lo más profundo, el hecho de que él mismo se ponga una frontera, pero con libertad, esto es, de modo que también pueda superar nuevamente esta frontera, situarse más allá de ella.

Hemos de alejarnos de lo que representa un peligro. La voluntad demanda territorio seguro para reagrupar sus fuerzas. Pero siempre está presente la vía de escape, la oportunidad de enfrentarse de nuevo a lo temido. De ahí que no se quemen los puentes. A veces podemos ver distancia ahí donde no hay razón para ello. Es probable que las orillas estén solamente ahí, una frente a otra, hasta que la mirada esté lista para enfrentar con ingenio las alternativas. De la misma manera el muro es una señal de precaución, un levantamiento que demanda esperar o pensar más detenidamente antes de seguir el camino. Puentes y muros son maneras de habitar el mundo y de enfrentar los retos. Pero en el fondo, como vemos, se escucha el latido de la libertad a la que (casi) nada le pone freno.

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