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Cuando hablamos de las pasiones filosóficas no nos referimos precisamente a aquellas presentes en quien ha seguido el camino de la filosofía. En otras palabras, no se trata de pasiones propias de la filosofía. Las pasiones filosóficas son más bien una manera de abrirse al mundo, son auténticos aguijones que nos estimulan a iniciar el camino de las preguntas y la reflexión. Dice José Antonio Marina en El laberinto sentimental: “No es que nos interesen nuestros sentimientos, es que los sentimientos son los órganos con que percibimos lo interesante, lo que nos afecta. Todo lo demás resulta indiferente”. El mundo pasional y sentimental está al alcance de todos y pone todo a nuestro alcance.

El tema ha sido tratado más de una vez en la historia de la filosofía. Desde el asombro que Platón puso como el origen de la filosofía o la famosa frase que abre la Metafísica de Aristóteles: “Todos los hombres por naturaleza desean saber”. Llama la atención de inmediato que antes del saber se encuentra el deseo, es decir, un elemento no racional precede al acceso al saber, al conocimiento. Lo que no se suele decir es que la frase sigue de la siguiente manera: “Señal de ello es el amor a las sensaciones”. Las sensaciones son la puerta hacia la experiencia y de ella emerge el conocimiento de las causas, el conocimiento esencial buscado por el nacido en Estagira. De ahí que el amor y el deseo sean de esas pasiones filosóficas que nos abren el mundo.

Pasiones filosóficas y la apertura al mundo

El filósofo alemán Martin Heidegger, otra de las grandes figuras del pensamiento, hablaba también de la importancia de la disposición afectiva. Todos, en efecto, estamos siempre en un determinado tono emocional, por decirlo de alguna manera. Para acercarse a esta idea podemos acudir a la tan conocida metáfora de las gafas: vemos el mundo a través de unas gafas determinadas y éstas condicionan lo que vemos. El cristal de esas gafas sería precisamente la disposición afectiva en la que nos encontramos. Conocer el mundo es un paso posterior al abrirse al mundo que se da gracias a que tenemos una determinada disposición: “las posibilidades de apertura del conocimiento quedan demasiado cortas frente al originario abrir de los estados de ánimo” (M. Heidegger, Ser y tiempo). Antes de conocer tenemos una predisposición por conocer y en este estado previo las pasiones tienen un rol fundamental.

Nos abrimos a conocer el mundo a través de una previa disposición afectiva. - tuitéalo    

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Pero hemos dicho antes que no importaba tanto aquí la pasión por la filosofía sino las pasiones filosóficas. En este caso, podemos tomar asombro platónico del que hablábamos antes para desarrollar el ejemplo de la apertura al mundo a través de la disposición afectiva. El hecho de que algo nos asombre supone ya la capacidad para el asombro mismo. He ahí el objeto del asombro que pasaría desapercibido si no fuera por la predisposición en este modo de ser que somos para asombrarnos precisamente. Ocurre entonces que nos asombramos y esto nos lleva a iniciar una indagatoria, un camino de preguntas que van dejando de detrás una estela de conocimiento. Queremos saber, tenemos el deseo de saber. En realidad el saber lo ubicamos delante, en el futuro. Lo que tenemos aquí y ahora es el asombro y el deseo que se ha despertado. Las pasiones, por tanto, nos abren a una relación de amor-amistad con el saber, es decir, a una relación filosófica.

Sentimientos y pasiones

Hemos utilizado hasta ahora una terminología que podría llegar a ser confusa. Hablamos de pasiones filosóficas e intercalamos en ese ámbito términos como sentimientos y afectos. Pero la distinción entre unos y otros tiene su relevancia si bien nos movemos siempre en un territorio compartido. Cuando hablamos de pasión nos conectamos más con el pathos griego. Se trata de un estado del alma que, de acuerdo a la Retórica de Aristóteles, puede ser evocado o provocado para la persuasión. No obstante, su fuerza puede llegar a ser descomunal. Se trata, como decimos, de un estado del alma que bien puede tirar de los estribos conectando con la idea de fatalidad. Hay un yo pasional (thymós) que puede llegar a ser indomable. Hablamos, en todo caso, más de una fuerza que de una espera o actitud pasiva. La pasión puede no ser en sí misma una acción, pero no por eso deja de ser fuerza.

La pasión es contraria a la acción, pero no por eso deja de ser una fuerza. - tuitéalo    

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Marina mismo nos recuerda que “la palabra sentimiento no aparece sino hasta el siglo XVIII. Ante la pasión, el Yo estaba inerme o casi, pero con el sentimiento es diferente. Al fin y al cabo no es más que la conciencia del propio Yo. Expresiones tremendas, como ‘la furia me arrebató’, dejan lugar a otras más reflexivas, como ‘me siento furioso'”. En la palabra sentimiento resuena más la voz latina que se vincula tanto con el oído como con el tacto y el gusto. Se trata de una percepción que, nos dice Marina, abre la dimensión interior de la intimidad. La fuerza de la pasión se va refinando en la medida en que pasa por un proceso reflexivo. De ahí que las pasiones filosóficas sean una fuerza de apertura anterior a la distinción entre el mundo de afuera y el de dentro. El arrebato pasional es precisamente esa fuerza que, viniendo de dentro, parece apoderarse de nosotros para conducirnos en una vía determinada. El ulterior sosiego es el que dará la posibilidad de ir configurando la forma racional o reflexiva de ese primer momento explosivo.

El asombro y la existencia

Un autor que retoma el asombro como pasión filosófica es Eugenio Trías. De acuerdo al filósofo barcelonés el asombro no se da ante cualquier situación, sino que éste acontece especialmente ante un dato que representa el máximo enigma: la existencia. En efecto, la existencia se nos presenta como un dato de partida ya dado, puesto ahí ante nosotros. Nada sabemos de su procedencia ni de su destino. El asombro ante la gratuidad de la existencia prepara el territorio para la pregunta por las causas. Pero la experiencia misma se da, como decimos, ante un dato y no ante un objeto como cualquier otro del mundo. He ahí la existencia con su rostro de misterio, sobreviene el asombro y después de él la palabra en forma de interrogación: ¿por qué el ser y no más bien la nada?

Al asombro le sigue la palabra en forma de pregunta que se dirige al fundamento de las cosas. - tuitéalo    

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Esta experiencia nos permite ver cómo las pasiones filosóficas nos hacen dar un giro hacia la pregunta por el fundamento. Pero no se trata del fundamento de cualquier cosa, sino de la existencia misma. Esto puede reiterarse ante otros elementos del mundo con el mismo resultado: el giro a la pregunta por su fundamento. Es así que el espacio yermo comienza a poblarse de sentido. Como nos dice José Antonio Marina: “La realidad bruta nos es inhabitable. Sólo podemos vivir en una realidad interpretada, convertida en casa, dotada de sentido, humanizada”. Este proceso tiene su punto de partida en las pasiones filosóficas que nos abren al conocimiento del mundo.

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