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Es necesario seguir rumiando las ideas que nos asaltan a partir de que ponemos a la posverdad en el horizonte. En esta oportunidad te invito a visitar las ideas las nociones de drama y tragedia que propone Eugenio Trías en su texto Drama e identidad. Nos valdremos de ellos para pensar lo que supone andar en el mundo sin un punto que nos oriente. Emprender el viaje sin una Ítaca que nos espere. Esta situación no resulta fácil de asimilar. La ausencia de objetivo y sentido no es el ámbito en el que el ser humano se mueve normalmente. Aunque así nos lo quiera hacer ver esta era posmoderna.

Lo que nos dice Trías es que en la palabra drama se evoca ya un conflicto entre dos fuerzas. “En el drama, ese conflicto entre fuerzas antagónicas, interiores o exteriores, termina siempre resolviéndose”. El drama, por tanto, supone un conflicto que tiene un fin y por tanto un sentido. Este elemento nos hace saber que hay un marco para pensar, unas referencias que nos permiten hablar de un mayor o menor ajuste a lo esperado. Esto no significa que se tenga que conocer de antemano ese fin. El destino final puede ser inesperado para el protagonista del drama, aunque visto desde el exterior la ruta nos resulte clara a los demás. La tragedia, como puede intuirse, no tiene esta estructura.

Drama y tragedia

El simple hecho de postular un fin, un punto de llegada ya comienza a dar forma a todo. El que llega a alguna parte es porque también ha partido de algún sitio. Incluso si el punto de llegada es el mismo que el punto de partida éste se ha visto sometido a la inevitable variación del tiempo. Las aguas de ese río heracliteano han pasado ya para que no sea más el mismo lugar del que se partió. Principio y fin que Trías entiende precisamente como este retorno al hogar. Se emprende la aventura, el viaje que nos pone ante la posibilidad del extravío, pero el hogar se recupera. Hay un centro gravitacional que hace caer las cosas por su propio peso. Esta cadencia es propia de la estructura del drama.

Todo drama implica, en efecto, una orientación o dirección hacia un fin. Una teleología, un trayecto. Para que ello sea posible, ha de existir asimismo un punto de partida. Y para que haya punto de partida, trayecto y finalidad (planteamiento, nudo, desenlace), ha de existir una estructura formal que posibilite ese despliegue. Dicha estructura formal debe poseer un requisito fundamental: debe ser una estructura centrada, debe girar en torno a un centro. Drama e identidad, 2002, p. 32.

El extravío es necesario para que se dé el reconocimiento. Hay que perderse para tener la oportunidad de reencontrar el camino. Pero esto no significa que el camino se haya anulado. No se niega su existencia por el hecho de dejar de verlo durante un momento. Explorar la tierra desconocida es el primer paso para conocerla. Además de que en esa exploración siempre se puede contar con el hilo de Ariadna que nos conduzca de vuelta al punto de origen. Pero esto no sucede así en la tragedia donde la vuelta al hogar queda clausurada. La tragedia es el extravío consumado. La ausencia de referentes impera y no hay centro ni posibilidad de retorno. ¿Qué alternativas se dan en esa circunstancia que marca una importante diferencia entre drama y tragedia?

Para el talante trágico, por el contrario, no hay hogar, aunque quizá pueda existir la propensión a fabular hogares artificiales, “paraísos artificiales”. En última instancia todo hogar es un paraíso: lugar de reposo cuyo hallazgo significa la culminación del clímax y de las expectativas del deseo, su gratificación cumplida, su satisfacción, bienestar, felicidad. El talante dramático halla en el orgasmo su entelequia. El trágico se cumple en el extravío. Drama e identidad, 2002, p. 66.

Paraísos artificiales: imaginar la salida

Llama poderosamente la atención que ahí donde el extravío reina se potencia la imaginación. Trías ha dado en el clavo con esto que podemos llamar aquí profecía. En ausencia de referentes no queda sino inventarlos. Pero los hacemos sabiendo que se trata de un artificio singular, es decir, propio y uno. Desdibujando la hoja de ruta nos queda la hoja en blanco donde podemos hacer que la curva se entienda como recta, si eso nos va bien. Es precisamente el escenario de la posverdad donde la invención tiene las puertas abiertas de par en par. Los conceptos de drama y tragedia nos ayudan a ver otra faceta de la puesta en escena de este novedoso concepto. No se puede negar que hay algo atractivo y seductor en el escenario. Pero detrás se esconde el rostro de una condena: la del onanismo, la que nos obliga ser siempre autoreferenciales porque no hay ya nada a que atenerse fuera del propio y personal paraíso imaginario. Entre drama y tragedia se juega la posibilidad de reconocerse más allá del propio relato.

El drama es el proceso que conduce al individuo hasta el género, sea este la estirpe, el clan, la familia, el municipio, la iglesia, la clase, el partido o la nación. El drama es aquella migración o aquel viaje que conduce al individuo, a través de extravíos y vagabundeos, al hogar que le concede nombre e identidad. El drama es la exposición diacrónica de la estructura que ensambla el individuo con su estirpe y su blasón. Es el proceso que lleva al individuo hasta lo universal, al singular hasta el concepto. Drama e identidad, 2002, p. 154.

El extravío nos aleja también de esta posibilidad de encontrarnos con eso que es parte de nosotros porque lo compartimos con otros. Quedamos prisioneros de una singularidad incapaz de nutrirse del diálogo con lo universal. Lo único que nos queda es vagabundear porque, como ha sentenciado Nietzsche, “el centro está en todos lados”. No hay posibilidad de establecer cuál sería el centro de los centros. Una clausura de la ontología que nos lleva a un mero vivir entre cosas. Vagabundos en torno a una incógnita que tiene la forma de un agujero negro que hunde todo en la opacidad. Esto hace corto circuito en el sentido de comunidad. La pertenencia se enfrenta a serias dificultades, pues no nos queda más posibilidad para el reconocimiento. Quizá entonces nos llegue el aroma del drama para recordarnos ese hogar que resplandece más allá del espesor de las capas de relatos singulares con los que nos hemos cubierto los ojos.

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