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¿Cómo enfrentamos las circunstancias del día a día? ¿Cómo resolvemos los retos que se presentan en el camino? Todos contamos con puntos que nos orientan, elementos a los que volteamos la mirada en cuanto las condiciones dejan de ser amables. Este es el trabajo de orientarse en el mundo, de encontrar los puntos de apoyo y las herramientas para salir adelante en las tormentas de la vida. Se hace camino al andar, decíamos en otro momento de la mano del poeta, pero el andar es una acción con sus propias herramientas. Aquí vamos a revisar tres de las más importantes.

Está claro que el contexto resulta determinante para orientarse en el mundo. Las primeras referencias nos llegan de los círculos más cercanos, desde el más íntimo del hogar hasta el más general al que solemos nombrar como cultura. Pero esto nos lleva a esferas de un carácter más bien accidental. Nadie elige el contexto cultural en el que nace ni los primeros círculos en los que ha de aprender a orientarse en el mundo. Es por eso que el ejercicio de pensar críticamente en ellos se vuelve importante en la medida en que nos hacemos más conscientes. Aumentar nuestras posibilidades y enriquecer nuestras herramientas para responder a los retos depende de este tipo de reflexiones que nos permiten ampliar horizontes. ¿De qué herramientas disponemos para realizar esta tarea?

Orientarse en el mundo: la inteligencia

Los puntos de apoyo o herramientas tienen un carácter general que va más allá de lo accidental del contexto. En este sentido nos encontramos con la primera de las piedras de toque para orientarse en el mundo: la inteligencia. La palabra misma lleva en dentro el sentido en el que podemos entenderla aquí, a saber, la capacidad de elegir entre alternativas en un determinado contexto para extraer de ellas la mejor posible. Se trata de una capacidad de reconocimiento y discernimiento que marca la pauta para el camino a seguir. Decía Kant: “Se mide la inteligencia de un individuo por la cantidad de incertidumbres que es capaz de soportar”. No se trata de caer en la neurosis de la claridad, es decir, en la idea de que la inteligencia lo hace todo diáfano y sencillo. Más bien se trata de aceptar la tempestad, pero llevando paraguas.

La primera tarea de la inteligencia es dar sentido a la aventura determinando un objetivo. - tuitéalo    

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Me explico. No tendría sentido hablar de orientarse en el mundo si tuviéramos siempre la certidumbre en el camino. La orientación, la elección entre alternativas, existe en la medida en que nos rodea la sombra de la incertidumbre. Esto nos hace pensar que es inútil negar este territorio de penumbra. Más nos vale aceptarlo y pensar la mejor manera de enfrentarnos a ella. Esto implica revisar el inventario, dar un vistazo a los elementos con los que contamos y determinar si algo nos hace falta para emprender la tarea. Pero cuidado que hay que poner atención a un elemento previo a toda aventura: determinar el objetivo. La primera tarea de la inteligencia está en el trazado de ruta entre un punto de partida y una meta. Es esto lo que determina realmente el sentido de una travesía y una tarea universal que no depende de contexto alguno.

Orientarse en el mundo: el deber

¿Puede renunciarse a la elección inherente a la inteligencia? Claro que sí. Ello no implica escapar a la decisión libre, es decir, quedar encerrados en la paradoja de quien libremente elige dejar de ser libre. Renunciar a la elección entre alternativas es ya una elección entre alternativas. Lo que sucede en realidad es que la responsabilidad se desplaza hacia otro sitio. Esta es precisamente la mentalidad que opta por el respeto a los códigos y las normas, es decir, la que acude al deber para orientarse en el mundo. La inteligencia ordena, planifica y elige alternativas en función de un criterio. Éste bien puede ser externo al sujeto o a la inteligencia individual. El deber es justo un elemento que puede ocupar este lugar: sentimiento de obligación hacia el otro, hacia algo fuera de mí que reconozco como principio que ha de regir mi conducta orientándome así en el mundo.

El sentido del deber es universal, mientras que aquello a lo cual obedecemos no necesariamente no es.  - tuitéalo    

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Los maestros de esta dimensión normativa son los romanos. Cicerón nos dice: “No hay fase en la vida, pública o privada, libre de deberes”. Las leyes y las normas son el suelo en el que se desarrollan nuestras relaciones. Determinan el marco de la acción permitida y esperada. Son por eso un gran referente al momento de orientarse en el mundo. Claro que sin el concurso de la inteligencia siempre se corre el riesgo de quedar atrapados en los límites de leyes que han roto su relación con la justicia. De aquí que el deber sea un referente necesario en un contexto de convivencia, pero no suficiente cuando nos ponemos en un horizonte temporal de gran amplitud. Además, hay que decir que el sentido del deber es universal, mientras que los principios a los que se debe obediencia no necesariamente lo son.

Orientarse en el mundo: la voluntad

Pero nos queda todavía un elemento más que sobrevuela la accidentalidad de las circunstancias. Este elemento resulta imprescindible en tanto que fuerza que empuja al movimiento, a dar el paso en esta u otra dirección. Porque, ¿de qué nos sirve un objetivo perfectamente trazado si no se recorre el camino que nos lleva hasta él? La voluntad es precisamente este elemento que puede incluso pasar por encima de la inteligencia y marcar el ritmo ante una duda o análisis que se han prolongado demasiado. En los momentos en que no se encuentra claridad alguna por el camino del discernimiento y la elección aparece la voluntad para apostar por un camino aunque se esté todavía en la ceguera. Se trata de una potencia que nos lleva a crear caminos ahí donde la luz de la inteligencia no llegaba a verlos.

La voluntad nos impulsa a desplegar en el mundo un sentido que ha de ser creado. - tuitéalo    

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Con este elemento topamos con la dimensión más romántica de lo humano. Se trata del valor propio del héroe que ha de enfrentar la adversidad con algo más que su astucia. Decía Séneca: “La voluntad es la que da valor a las cosas pequeñas”. Encontramos en ella esa fuerza que crea y recrea desde el interior. Se trata de un elemento que desborda y con ello despliega en el mundo su efecto, marcando el sentido creando sentido. Sin duda una herramienta imprescindible para orientarse en el mundo cuando la sombra de la incertidumbre opaca a la inteligencia y llena de dudas las normas que rigen la conducta. Aunque, como siempre, ninguno de estos elementos se da de manera pura. Cuando esto sucede atendemos a un momento de desequilibrio. La inteligencia no puede andar sin voluntad y no puede ponerse por encima del reconocimiento a los otros. Pero la voluntad tampoco puede pisotear a la justicia y la razón. Cada uno deberá mirar hacia dentro para encontrar el equilibrio y orientarse en el mundo de mejor manera.

 

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