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La vida es un camino, se dice por aquí y por allá. La vecindad de las palabras nos parece tan natural que nos detenemos poco a pensar en lo que implica la relación entre la vida y el camino. La vida es un camino, la vida es camino, el camino es la vida. Los juegos pueden prolongarse enviando mensajes diferentes. Pero importa más atender a la esencia, a ese punto clave en el que ambos conceptos se anudan para ganar más sentido. ¿Cómo entender mejor esta cercanía? Y, sobre todo, ¿qué me aporta en el día a día esta sencilla y recurrente frase?

Para arrojar luz sobre la idea detrás de “la vida es un camino” visitamos tres fragmentos de la poesía y la filosofía. Pero antes de ir a ellos recuperemos una idea que aparece al inicio de un texto de Martin Heidegger titulado Caminos de bosque o Holzwege. En él nos recuerda que en el bosque hay caminos que parecen ocultos por la maleza y otros que parecen detenerse de manera brusca. “Los leñadores y guardabosques conocen los caminos. Ellos saben lo que significa encontrarse en un camino que se pierde en el bosque”, nos dice. Solamente aquellos que habitan ese espacio, que lo transitan una y otra vez, son capaces de reconocer las pequeñas diferencias en ese espacio abierto de hojas y madera. ¿Qué es un camino? Lo sabe el que anda, el que se mueve, el que abre el espacio con su movimiento.

La vida es un camino y se hace camino al andar

Sirva esta idea retomada por Heidegger como introducción a la primera parada: el poema de Antonio Machado musicalizado y popularizado por Joan Manuel Serrat. “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”. El camino, en efecto, lo es en la medida en que hay unos pasos que lo recorren. Conecta un origen con un destino, ambos conceptos vecinos al de vida. Cuando decimos que la vida es un camino bien podemos implicar que ésta no es sino ese espacio que se recorre entre el origen y nuestro irremediable destino. El origen del nacimiento es la apertura de un camino que espera ahí para hacerse. Sinuoso o no dependerá del caminante que se dirige sin remedio al destino fatal de la muerte. Cada paso determina el sendero y a ese andar, a ese abrir camino conectando nacimiento y muerte, le damos el nombre de vida.

Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar.

Pero esta idea tiene también una impronta existencialista. Cuando decimos que la vida es un camino, y asumimos que para que así sea hay que andar, aceptamos también que es la acción la que nos va definiendo. La existencia precede a la esencia, diría la máxima existencialista. Estamos arrojados a esta marcha que nos lleva siempre al frente. Detenerse, abandonar el camino, es dar un salto a la muerte. Pero eso es tanto como decidir que el camino ha de cortarse. Es un adelantar la llegada o determinar que se ha llegado ya tan lejos como era posible. Esto también nos define, también hace camino y, por tanto, es también parte de la vida. La vida es un camino porque es un imperativo. Se hace camino al andar, porque el que vive va andando, va abriendo un sendero en el tiempo y el espacio dando forma a su singular trayectoria vital. Existe, está arrojado, sale a explorar el bosque para aprender a dibujar caminos con su andar. Pero, a veces, vuelve la vista atrás.

La vida es un camino que también tiene su mitad

Mirar atrás, dar un vistazo a lo recorrido buscando entender mejor el sitio en el que se está o, quizá, buscando orientación para el futuro. Dante en la Divina Comedia nos recuerda que si bien se hace camino al andar eso no nos salva de encontrarnos de pronto en una selva oscura. Pasa entonces que no nos reconocemos. Miramos de una lado a otro sin dar con pistas para retomar el sendero. Para Machado lo andado representa esa “senda que nunca se ha de volver a pisar”. Pero cuando nos enfrentamos al extravío, a la selva oscura, es necesario recomponer los pasos. ¿Cómo he llegado hasta aquí? La pregunta conecta de nuevo el andar con la vida. Llegar implica el desplazamiento y éste representa la trayectoria vital, el camino de decisiones que nos lleva hasta un punto.

A mitad del camino de la vida
en una selva oscura me encontraba
porque mi ruta había extraviado.

Dante sitúa este extravío en la mitad del camino de la vida. Bien cabe preguntarse: ¿cómo saber que se está a la mitad? La pregunta no es ninguna tontería. El mismo Heidegger de quien hablamos antes decía que la muerte es la más radical y cierta de las posibilidades humanas, aunque completamente indeterminada. Sabemos que llegará, pero no sabemos el momento. El único que puede decir que se encontraba a mitad de camino es el que ha llegado ya a su destino. La voz que escuchamos es la que se encuentra más allá del camino. Además, nos habla alguien que conoce perfectamente su destino. Solamente quien sabe a dónde va puede saberse extraviado. - tuitéalo     Es por eso que, casi sin querer, sabemos que quien nos habla es una voz autorizada, pues ha recorrido ya el sendero y algo nos puede contar. Sirva esto para tener algunas referencias en los puntos de crisis que se dan en todo andar. Algo inevitable mientras se siga haciendo camino.

La vida es un camino que en algún momento ha de terminar

La última parada está en uno de los maravillosos fragmentos de Marco Aurelio. Nada sabemos con respecto a la llegada de la muerte. Pero esto no es sino un motivo más para ocuparse del andar presente, de este momento en que puedo hacer camino andando. La vida es un camino de duración indeterminada, pero con un final cierto. Por lo que la actitud estoica invita a ocuparse de aquello que está en nuestras manos o, en este caso, en nuestros pies: el andar. Superada la selva oscura puede comprenderse que si la vida es un camino hay que aprender a convivir con el paisaje. Hacer camino es gestionar incluso la selva oscura sabiendo, además, que el destino final está en la disolución del andar.

La duración de la vida humana es un instante en el espacio. […] La vida es lucha y peregrinaje por tierra extraña; la fama póstuma, olvido. ¿Qué queda pues para acompañarnos?: una sola cosa, la filosofía. Es decir, mantener a nuestro genio interior, sin que sufra afrenta ni daño alguno, por encima de placeres y dolores; sin obrar al azar, al margen de falsedades y máscaras, sin preocuparse por lo que otra persona haga o deje de hacer; aceptando lo que le pueda suceder o tocar en suerte, porque todo procede del mismo lugar de donde él mismo procede. Y sobre todo, que aguarde la muerte con entereza de ánimo, porque la muerte no supone sino la disolución de los elementos que constituyen un ser vivo. Si para estos elementos no resulta terrible estar en continuo cambio, ¿por qué hemos de temer al cambio y la disolución del todo? Todo ello está regido por la naturaleza; y nada es malo si es conforme a la naturaleza.

Queda como punto final esta gran idea: si la vida es un camino, el camino se hace al andar y el andar implica un constante cambio, ¿por qué temer entonces a un cambio más? Centrarse en un andar con filosofía, mantener una ruta más o menos clara para el andante, es esto lo que nos ocupa. En ello se nos va la vida. Pero se nos va llenando también de experiencias, de paisajes, de encuentros y desencuentros que serán historia para el que viene andando detrás. La vida es un camino que hay que trazar en la espesura del bosque. - tuitéalo     Una aventura que todos podemos contar. Origen y destino, andar para extraviarse y extraviarse sólo para poderse encontrar. Hay mucho qué pensar cuando decimos que la vida que tenemos es un camino.

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