Hace poco que tuve una interesante conversación en relación al cuerpo. Todo partía de una evidencia: no hay que pensar para que el corazón lata o para que el pulmón haga lo suyo en el contexto de la respiración. De aquí que pueda decirse que el dominio de una práctica o gesto corporal se da cuando se ejecuta como el respiro mismo, casi de manera inconsciente. La maestría, por tanto, se consigue cuando la acción se vuelve una con el cuerpo. Pero más allá de centrarse en lo que se puede conseguir podemos pensar en lo que ya hace ese sabio inconsciente de nuestro cuerpo.

Este acto mismo que ahora compartimos representa ya algo propio de quien te escribe. “La escritura es reflejo nervioso”, decía Trías. Los dedos se deslizan por el teclado o se hacen uno con la pluma ante el menor estímulo. Reaccionan dando forma a ideas y pensamientos que luchan por salir como compradores furibundos en tiempo de rebajas. Ahora mismo podría preguntar: ¿ha sido primero la imagen o ésta ha sido provocada por el desborde pasional de la escritura? ¿Es posible que el cuerpo imponga condiciones desde su inconsciencia? La respuesta parece obvia, no así los límites de su aplicación. Te invito entonces, querida amiga, querido amigo, a hacerme compañía en este ejercicio del pensamiento sobre ese inconsciente y sabio silencioso en el que habitamos.

El cuerpo y las esencias

La primera lección es la de la humildad: no menospreciar las intuiciones por más inocentes que parezcan. Hay que animarse a mirar ahí donde parece que ya está todo claro. Al asomar la cabeza puede que llegue hasta nosotros un aroma que estimule nuestra imaginación. De nuevo el buen Trías nos dice: “Más reprimida que el sexo se halla la imaginación”. Lo primero que ha de ser liberado en este sabio silencioso es la capacidad de generar imágenes a partir de los innumerables estímulos que es capaz de recibir. ¿De cuántos de ellos somos realmente conscientes? El resto de información o plus de sentido va al banco de datos de ese paciente lector que es nuestro cuerpo. Su vocación de aprovecharlo todo de la manera más eficiente convertirá los residuos en una fuente de imaginación que nos hará preguntarnos: pero, ¿de dónde habré sacado yo esto? Cuando algo nos huele mal parece que invocamos un desenlace aciago, aunque incierto. El futuro se nos presenta entonces como un aroma que el cuerpo reconoce invitándole al recelo y el resguardo. Sabia y medio olvidada manera de preservar la vida.

“El alma es carne y sangre que habla, pinta, escribe, inscribe en carne o sangre rayas, barrotes, signos…

El cuerpo… ¡Ah el cuerpo! ¡Mucho debería discutirse un concepto tan ‘espiritual’!” Eugenio Trías

Trías sabía bien que la esencia es una cuestión de olfato. Toda una compleja situación vital se encuentra encapsulada por una experiencia olfativa. Una que, según dicen los neurocientíficos, ni siquiera requiere del paso por la conciencia. He ahí un aroma que coincide con el de aquel amor, con aquella inexplicable felicidad, con el de aquella tristeza, con el de ese día de lluvia. El cuerpo entero, y sin decirnos nada, entra en un estado que nos permite reconocer la idea que impregnaba aquel día. Así, el concepto más abstracto que podamos pensar tiene una base olfativa que nos pone en contacto con su esencia. Es por eso que el cuerpo es capaz de (re)conocer lo que el lenguaje a veces no atina a explicar. El saber, para el cuerpo, tiene un determinado sabor. - tuitéalo    

Los sabores del saber

Sabor y saber comparten la misma raíz latina: sapere. El buen gusto está emparentado con la inteligencia. Los romanos mismos intuían que este buen gusto tenía algo que ver también con el buen gusto. Otros podrían hablar del recorrido que hay entre la lengua, órgano del gusto, y el cerebro, recinto del saber. El camino de ida determina el sentido, mientras que el camino de vuelta es el del lenguaje que da cuenta de lo aprendido. Aquello a lo que le encontramos el gusto es precisamente lo que somos capaces de digerir, lo que puede entrar sin mayor problema para iniciar un proceso de asimilación interna. El cuerpo, entonces, acepta o rechaza en base a una información adquirida en el pasado. Evita quedarse con un mal sabor de boca, por lo que debe cuidar bien lo que ingiere y lo que manifiesta, es decir, con todo aquello que pasa por la lengua.

Sabor y saber son dos sentidos del recorrido entre la lengua y el cerebro. - tuitéalo    

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El cuerpo entonces sabe a través de los sentidos. Es capaz de generar estados de placer y displacer en función de los sabores y saberes que se le ofrecen. Se trataría de una especie de protojuicio. Distinguir entre una cosa y otra, aprender a separar a través de la más elemental e infantil de las distinciones: me gusta o no me gusta. Así iniciamos el recorrido vital. La huella de esta metodología nos acompañará durante el resto de nuestra vida. Lo complicaremos todo hasta recordar que en realidad era así de simple. El viejo coincide con el niño en un acto de memoria corporal: no hay cosa más sabia que la de distinguir entre lo que te agrada y lo que te desagrada. ¡El cuerpo lo sabía! Nos habla desde un inicio con su simpleza acostumbrada. Pero hacemos oídos sordos.

Cosas de la música

Platón amaba la música. En La República hablaba de tres disciplinas en las que deberían formarse los guerreros: la gimnasia para el cuerpo, la música para el alma y la filosofía para el carácter. Lo saber que va del cerebro a la lengua se transforma en un vaho sonoro que llega hasta los oídos. La capacidad de aprender de él depende de ese sentido que ha de discernir entre lo armonioso y la disarmonía. Un nuevo ejercicio de juicio que el cuerpo realiza sin pregunta alguna. Algo no suena bien y se despierta de nuevo la sospecha. En la música de la voz se delata lo que las palabras quieren esconder. El oído atento lo saber, lo intuye, lo escucha en silencio. Se queda para sí esas secretas entonaciones de la mentira. Es así como aprende a distinguir el falso saber del verdadero:

“La enfermedad que hace decaer el cuerpo es pues la hermana gemela de la opinión falsa que corrompe el alma. La enfermedad corporal no puede ser tratada por la turba de los ignorantes, sino por el único especialista, el hombre de Asclepio, el médico; la opinión falsa, que procede las más de las veces de una sumisión irreflexiva a la opinión de la multitud, no puede ser corregida más que por un juicio esclarecido, filosófico, fundado en principios ciertos”. Georges Dumézil

Pero tendemos a considerar todo lo ajeno a la conciencia como algo de poca monta. Al final de cuentas solamente el luminoso camino de la razón tiene un lugar en este mundo… y nos decimos posmodernos. Habría que tomarse en serio a ese cuerpo sabio y silencioso. Ese que nos brinda estados ante las circunstancias del día a día. El que se incomoda cuando algo le huele mal, el que evita el mal sabor de boca y que se extraña cuando algo no le suena. Ante la duda bien vale la pena visitarlo: ¿qué ha hecho ante esta situación? ¿Qué le dicen los sentidos? Confiemos en que lleva una vida perfeccionando el silencioso arte de burlar la conciencia. Le pasa por la izquierda y se sienta cómodamente a que ésta llegue con las conclusiones que él ya había presentido. ¿Qué tanto sabes sobre el saber de tu cuerpo?

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