Este texto es un homenaje a mi amigo y maestro Vïctor Amat. Creo que ya era hora de que le dedicara unas línea. Pero como no ha sido antes, ni va a ser después, pues va a ser ahora. Él ha dado con la iluminación fluorescente adecuada: ¡somos marcianos! No tengo palabras para agradecer ese descubrimiento. Bueno, tengo estas que ahora lees, pero seguro que se quedan cortas. La cosa es que descubres que eres un marciano cuando los imperativos de la felicidad te generan una especie de tic nervioso. ¡No sufras!, se escucha por ahí y un pequeño temblor de ojo se te escapa sin que puedas hacer algo por evitarlo. Que el intento se hace, pero el fracaso no hace sino confirmar el descubrimiento: eres marciano.

¡No sufras! Grito de guerra de la cruzada por la felicidad. Pero, ¿y si no se sufre qué se ha de hacer entonces? Eso de llamar a ser feliz es como sembrar a ciegas. ¿Y si no me gusta la cosecha y resulta que estaba mejor sufriendo? ¿Y qué si resulta que el dolor es una forma válida para encontrar sentido? Pero el truco está en el lenguaje. El imperativo acompañado de una voz de autoridad resuena como una orden, pero no se puede olvidar que se puede tratar también de un ruego o un deseo. ¡No sufras!, nos dice el otro. Escuchamos entonces una orden, aunque bien puede ser una petición ante la imposibilidad que el otro tiene de enfrentarse al sufrimiento. ¡No sufras que entonces me pondré a sufrir yo también! El altruismo se rompe e inicia así la puesta en escena de la felicidad con sonrisas de cartón.

Luces, cámara, acción…

Pensar este peculiar grito de guerra del club de los optimistas como una orden nos lleva a un terreno casi mágico. Esto supone creer que nuestras palabras tienen un efecto tal que con pronunciarlas el otro disuelve en automático su circunstancia y mejora de manera instantánea. ¡No sufras! Mágico conjuro que puede más que la voluntad del otro. Aquí se vuelve evidente que lo que en realidad hacemos es expresar un deseo: me gustaría que no estuvieras pasando por esto. Otra cosa es pensar sobre la utilidad y la efectividad de este deseo que toma forma de imperativo. Está claro que se trata de un intento fallido, de palabras que caen en el saco de la urbanidad de la que habla André Comte-Sponville: “La urbanidad es esa apariencia de virtud de la que proceden las virtudes”. Deseo que no sufras porque yo mismo quiero eso para mí. En este imperativo no se supera la propia perspectiva y el propio interés a pesar de que sí que miramos al otro. Le miramos, pero para reconocerlo de verdad hace falta salir del propio modelo de mundo.

Manos a la obra antes que imperativos y buenos deseos. - tuitéalo    

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Alain destacaba con asombro la manera en que un pianista muerto de nervios parecía olvidarse de los mismos en cuanto comenzaba a interpretar la pieza de turno. Es en la puesta en acción del cuerpo que la pasión deja de reinar en la mente pues “no es el pensamiento el que nos libera de las pasiones, sino más bien la acción”. Ante el sufrimiento del otro bien podemos dar acuse de recibo: ¡qué putada! Acto seguido puede ponerse en marcha el cuerpo, la acción, el movimiento. ¿Resuelve esto el problema? En lo absoluto, pero nos aleja del imperativo que sumerge al otro en la conciencia de su incapacidad para dejar de sufrir, como dice Sabina, “en el mismo momento que usted me lo mande”. Sobre todo porque el imperativo suele ir acompañado de comparaciones, consejos y otras tantas monerías que nada dicen a quien nada idiotizado en su propia y maravillosa circunstancia. Por eso el mismo Alain nos deja una útil recomendación:

En los momentos de ansiedad, no tratéis de razonar, pues vuestro razonamiento se volverá contra vosotros mismos; es mejor que intentéis hacer esas elevaciones y flexiones de brazos que se enseñan ahora en todas las escuelas; el resultado os asombrará. Alain, Sobre la felicidad.

¡No sufras! La mecánica de lo inútil

El boxeador experimentado es un gran intérprete de gestos. Juega una partida de poker en la danza del cuadrilátero. Está atento a las piernas, los brazos, la cadera, la respiración del otro. Va dibujando con toda esa información una guía que permite anticipar el movimiento. En las artes marciales, por ejemplo, se sabe que la exhalación es un momento de debilidad. Hay que tener ojos y oídos atentos para aprovechar el momento. Pero es el cuerpo en movimiento y no el pensamiento el que nos pone en este tipo de comunicación con el otro. No se busca lo similar, no se compara con la propia gestualidad, no hay racionalización posible para lo que acontece en el instante. Por tanto, no se nos ocurriría lanzar al otro un imperativo del tipo: ¡no seas tan silencioso!, ¡no te muevas tan rápido! El trabajo es el de conocer al otro en su verdadera singularidad y peculiaridad. Fuera queda la propia manera de moverse en el mundo. Lo único que vale es la capacidad de leer la danza que el otro ejecuta desde sus propios recursos.

La mecánica del sufrimiento habla de los recursos de un sufrimiento efectivo. - tuitéalo    

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La fisiología es mucho más efectiva que el imperativo que te dice no sufras o que te desea una mejor circunstancia. ¿Cómo se mueve el que sufre? ¿Qué hace con el cuerpo? La mecánica es precisamente lo relativo a los recursos o medios para realizar algo. De manera que pueden aprenderse los recursos que se utilizan para sufrir, es decir, aprender cómo funciona el mecanismo del sufrimiento en esta persona en concreto. Nos acercamos así a responder una pregunta diferente al tradicional por qué para enfrentar un atípico cómo. ¿Cómo haces para sufrir? La pregunta trastoca los esquemas obligando al otro mirarse en sus propios recursos. ¿Por qué sufres? ¡No sufras! El combo es invencible. El por qué nos una pregunta que nos lleva a motivaciones profundas poco útiles para el que sufre aquí y ahora. El remate es el imperativo que inmediatamente anula la validez de estas motivaciones intentando mostrar su poco peso frente a quién sabe qué otras cosas. El resultado te deja noqueado: como no se puede dejar de sufrir en automático queda evidenciada tu ausencia de recursos para responder a la absurda demanda de manera pronta y efectiva. Punto extra para seguir sufriendo.

La paradoja de la espontaneidad

Mi estimado Víctor se encarga de remarcar una y otra vez esta idea en sus textos, cursos y conferencias: la espontaneidad, por definición, se lleva mal con el imperativo. Si alguien declara sentirse feliz es poco probable que alguien le demande no serlo: ¡no seas feliz! Esto se debe a que los estados están siempre acompañados de una calificación subjetiva. Hay estados malos y estados buenos. La felicidad es buena y deseable, mientras que el sufrimiento es malo e indeseable. Pero si quitamos los adjetivos y nos quedamos con las experiencias podemos encontrar los mecanismos con los que opera. Se muestra entonces un rostro de las cosas en las que éstas llegan de manera más o menos espontánea y se van de la misma manera. Ante esta característica bien podemos lamentarnos ante el sufrimiento y cuestionar cómo es que funciona el estado. Pero lo mismo aplica a la felicidad: podemos alegrarnos y hacer el cuestionamiento propio con respecto a los mecanismos que operan en ese momento.

La espontaneidad muere cuando se le invoca. - tuitéalo    

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Resumiendo. El imperativo es una forma de expresión que emerge más del propio deseo que del auténtico reconocimiento del otro. Para reconocer no hace falta ir a las motivaciones profundas. Atendiendo a la fisiología, por ejemplo, ya se puede ayudar a iniciar una exploración de ese estado en ese momento preciso. Este ejercicio, además, da un espacio a las posibilidades humanas sin calificarlas de buenas o malas y se demora en comprender su modo de expresión. La pregunta por el cómo cobra relevancia y va dejando de lado toda forma de mandato, ruego o deseo como respuesta. Esto resulta fundamental para entender la paradoja de quien demanda espontaneidad. Lo que se presenta aquí y ahora puede ser visto desde la perspectiva causal o con una más funcional. Esta segunda se demora en los mecanismos tal y como se presentan sabiendo que no puede pedirle a una rueda que vuele. ¡No sufras!, entonces, es un imperativo que por más bien intencionado que sea resulta inútil y hasta contraproducente. Inútil porque ignora que la espontaneidad muere cuando se le invoca. Lo espontáneo no nace de un ejercicio racional o verbal. Contraproducente porque suma al sufrimiento la sensación de incapacidad de abandonar ese estado ante la aparentemente sensata petición del otro.

Así que, como dice el buen Víctor, si no puedes dejar de sufrir cuando alguien exclama ¡no sufras!, tranquilo, eres un marciano y el que te lo demanda es un pobre terrícola que entiende poco de tu lenguaje. ¡Salud!

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