Ríos de tinta han corrido para hablar sobre la felicidad y la libertad. El primero de esto valores, la felicidad, tiene en Aristóteles una de sus grandes figuras representativas. Mientras que la libertad tiene a toda la tradición del liberalismo y sus variantes dando vueltas a lo que ella implica, a sus alcances y límites. Suena ya paradójico: ¿una libertad con límites? Pero para no perderse demasiado en las profundas implicaciones de esta pregunta vamos a centrarnos en un caso particular: la relación entre felicidad y libertad precisamente. El punto de partida puede estar en esa conocida frase de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos: que entre los derechos inalienables de los hombres están “la Vida, la Libertad y la búsqueda de la Felicidad”.

Ya Will Smith encarnando a Chris Gardner nos hacía notar la astucia de los constituyentes al incluir la palabra búsqueda junto al valor de la felicidad. La secuencia, de hecho, tiene bastante sencillo. Lo primero es asegurar la vida, pues sin ella nada tiene mucho sentido. Lo segundo es que para ello hay que tener un mínimo de condiciones dentro de un marco de libertad. Es dentro de este territorio donde podemos entonces buscar la felicidad sin que por ello se nos prometa nada en concreto. Felicidad y libertad, entonces, van de la mano porque para encontrar la primera parece ser necesario jugar dentro de los marcos delineados por la segunda. Pero además hablamos aquí de derechos de los que todos gozamos, aunque la búsqueda sea completamente personal.

Entre tú y yo: el papel del egoísmo

El matiz es muy importante: los derechos son de todos, pero la búsqueda la hace cada uno dentro de esos márgenes de la libertad. Quien no entiende bien esto se encuentra con serios problemas. Uno de los más relevantes es la interpretación equivocada del egoísmo que cree que éste se manifiesta en cualquier tipo de búsqueda de un beneficio personal. No hay nada más alejado de la realidad ni camino más corto para caer en la autoflagelación que poco nos ayuda. ¡Todos somos egoístas! He leído algunas veces. Algo que suena más a una justificación personal, es decir, a la comprobación de una hipótesis mientras no se es capaz de dejar de mirarse el ombligo, que a una verdadera y seria aportación al tema. Vamos a decirlo de la mano de uno los más renombrados exponentes de la asesoría o acompañamiento filosófico, Lou Marinoff:

Cuando el egoísmo nace de un inteligente interés propio, es una fuerza constructiva; cuando nace de la vanidad, del egocentrismo o el narcisismo, es destructiva.

La diferencia es fundamental cuando hablamos de felicidad y libertad. El diccionario define el egoísmo como un inmoderado y excesivo amor por uno mismo que descuida por completo a los demás. Pero la palabra misma, desde un punto de vista etimológico, es mucho más inclusiva: se trata de una actividad o práctica del yo, del ser individual. No se valora así lo que este yo hace como una práctica de sí mismo. Es así como podemos entender que una práctica inteligente de uno mismo pueda llevar a una mejora personal, sí, pero que no por ello esté en conflicto con los otros. En otras palabras, buscar el crecimiento personal, la propia felicidad, no es un acto egoísta en el sentido del diccionario sino en el que se marca en la cita de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos. Es un derecho, un ejercicio inteligente del sujeto con respecto a sí mismo. ¿Dónde está su límite? En las dinámicas fronteras del derecho de los demás a hacer lo propio, es decir, en la relación entre felicidad y libertad.

Felicidad y libertad: trabajar con fronteras

Dice Alain: “Existen dos clases de personas: las que se habitúan al ruido y las que quieren hacer callar a los demás”. Ninguno de los dos se abstrae de la realidad. Lo que les diferencia es la reacción ante un mismo contexto: dejar pasar el ruido o buscar silenciarlo, la pasividad o la actividad. Ambas son opciones dentro del marco de la libertad. Nadie me obliga a levantarme para pedir silencio, ni tampoco a permanecer en el mismo sitio adaptándome a las condiciones. Dando un paso más allá podemos ir añadiendo elementos del contexto. Supongamos que el ruido se da en una biblioteca. Las reglas de un espacio como éste nos llaman a guardar cierta compostura, a respetar a los demás con los que convivimos en ese momento. A nadie le sorprenderá que se demande silencio, es decir, que se pase a la acción si es que alguien rompe las normas de convivencia. Felicidad y libertad tienen aquí claras fronteras: la felicidad de cada uno depende del no llevar la libertad individual al extremo de saltarse las normas establecidas, es decir, del reconocimiento de las fronteras que se marcan por el bien común.

Dejar pasar o pasar a la acción: dos actitudes libres para buscar la felicidad. - tuitéalo    

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Es evidente que estas fronteras no son siempre así de claras. Más de una vez nos encontraremos con situaciones límite donde hay que determinar si vale la pena ser de aquellos que se habitúan o de quienes hacen callar. Pero con cada situación se gana experiencia en la exploración de ese territorio entre felicidad y libertad donde lo importante es determinar cuándo la actitud pasiva cae en un dejar que el otro rebase lo límites de su libertad para pasar sobre la mía y cuándo mi acción puede traducirse en una imposición de mi punto de vista sobre los demás. Estos límites negativos nos permiten construir una frontera, un territorio intermedio donde puedo afirmarme en mi libertad y buscar la felicidad sin cargarme la necesaria convivencia con los otros. Pero el punto de partida es la libertad de expresarse uno mismo que apela a la inteligencia humana para la comprensión de la circunstancia y el respeto a los demás. Dos elementos para delimitar el espacio de un ejercicio del yo en busca de la felicidad que no tiene que entenderse en solitario.

El cristal con que se mira

Hay todavía un elemento que conviene atender en estas líneas sobre felicidad y libertad: el relativismo. Hemos entendido ya que el egoísmo no necesariamente refiere a una búsqueda narcisista que responde de manera exclusiva al interés propio. Buscar la felicidad es un derecho que requiere de la libertad de expresarse. En la medida que se entiende el ejercicio del yo como una puesta en práctica para desarrollarse, éste se erige como un elemento constructivo que no tiene que ir en contra de la consideración de los demás. Pero esto es una formulación formal que nada dice con respecto al camino concreto, a lo específico del cómo es eso que llamamos felicidad y qué camino en concreto se sigue para alcanzarla. Como estas respuestas son de un carácter personalísimo cabe la posibilidad de preguntarse si la felicidad es relativa a cada individuo y, por lo tanto, volver a ese magma caótico donde cada uno defiende lo que mejor le parece. Volvemos a las palabras de Marinoff:

El relativismo está bien hasta que te cuesta más de lo que tu voluntad está dispuesta a pagar. L. Marinoff - tuitéalo    

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Lo que se quiere decir con esto es que por más que se quiera defender el relativismo en su forma más simplista (¡todo es relativo!, más o menos como el que afirma que todos somos egoístas) se llegará tarde o temprano a una posición donde tomar partido será inevitable. Nadie en su sano juicio se negaría a condenar elementos como el asesinato o el robo, por ejemplo. Casos extremos nos llevan a ver que lo relativo se estrella contra un muro cuando se trata de cruzar el respeto a los derechos y la libertad de los demás. La idea de que todo depende del cristal con que se mira siempre se pone a prueba cuando esa mirada ve comprometido su propio bienestar o vislumbra compromisos que no quiere o puede asumir. De ahí que este argumento solamente nos indique una clara intención de escapatoria ante la necesidad de poner sobre la mesa los valores que norman la propia conducta en nuestra legítima búsqueda de la felicidad. Finalmente, no se olvide que el mayor de los extremos está en ese valor que los constituyentes pusieron junto con felicidad y libertad: la vida. He ahí un punto en el que se puede estar de acuerdo y una línea que difícilmente estaremos dispuestos a relativizar.

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