Vivimos en un tiempo en el que cualquier amenaza a la libertad despierta la furia de las multitudes. El que no tiene libertad sufre, se lamenta, clama por aquello a lo que tiene legítimo derecho. Pero para hablar de la posibilidad de la libertad tenemos que visitar a lo que desde el polo opuesto le lanza una mirada severa: lo prohibido. La frontera de la libertad se dibuja en esa tentadora dimensión de lo prohibido. ¿Qué serían uno sin el otro? Ahí donde todo está prohibido la libertad carecería de sentido como concepto, como posibilidad. Pero ahí donde nada se prohibe la libertad también se diluye. La interdependencia de estos conceptos es más que interesante.

El dolor que se experimenta ante la ausencia de libertad, es decir, ante la presencia del ese campo de lo prohibido, tiene que ver con la distancia que se establece con respecto a la inocencia. En efecto, la libertad tiene como consecuencia la necesidad de elegir. No hay libertad sin elecciones, sin tener que decidir entre distintas opciones. En la medida en que la posibilidad se abre es que la libertad tiene un terreno fértil para manifestarse. Es por eso que ahí donde todo está prohibido la libertad simplemente no puede ser pensada. Todo tendría ya un camino determinado, unas reglas escritas que cierran la puerta a la posibilidad. Si todo es tal y como debe ser la libertad no tiene posibilidad alguna de florecer. - tuitéalo    En donde todo se permite, por su parte, no hay posibilidad de distinguir, se puede hacer siempre una cosa y luego otra, sin límites. Es el terreno de la inocencia, ese donde nuestros actos son incapaces de hacer daño alguno. Una imagen paradisiaca donde la libertad sirve de muy poco.

Lo prohibido y la elección

Cerrar caminos, es decir, enfrentarse a lo prohibido, es una manera de comenzar a probar la elección. Lo prohibido pone frente a nosotros la posibilidad de elegir entre la obediencia y la desobediencia. Pero aquí es donde las cosas se suelen confundir y retorcer de manera decisiva. La desobediencia no es sinónimo de libertad, es la posibilidad abierta entre obedecer y desobedecer lo que permite hablar de libertad. Es así que elegir la obediencia es un acto de libertad tanto como lo es la desobediencia. Sin elección no hay libertad, sea lo que sea que se decida seguir en última instancia. La prohibición, por tanto, no es del todo una enemiga de la libertad sino más bien la puerta que invita a hacerla posible.

Lo prohibido es una puerta que invita a elegir y se abre entonces el camino a la libertad. - tuitéalo    

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Comprender de esta manera las cosas nos lleva a la posibilidad de vivir más tranquilamente con algunas de las decisiones que tomamos en el día a día. Una renuncia a la desobediencia es igualmente un acto de libertad. Seguir un camino preestablecido, atender a lo prohibido, es un acto humano. Estamos condenados a la libertad, decía el buen Sartre como ya hemos mostrado antes con la idea de colaboración. La paradoja nos persigue porque incluso en la aparente renuncia a la libertad estamos tomando una elección libre. Pero, contrario a lo que podría pensarse, esta idea no tiene nada de fatalismo. Asumir esta perspectiva quita la presión que solemos poner en las alternativas a las que nos enfrentamos. Cualquiera que sea el camino se habrá elegido con libertad. Hasta aquí estamos bien. Respira. Podemos seguir analizando entonces las razones que te llevaron a ese cruce de caminos.

La libertad, la conciencia y el deseo

Cuando llegamos entonces a la posibilidad de elegir es porque tenemos conciencia de las opciones. Solemos plantear estos momentos como dicotomías, aunque la realidad es mucho más compleja y regularmente nos abre un abanico de opciones. Lo cierto es que la presión de decidir de manera correcta levanta una polvareda que dificulta la visibilidad justo en el momento en que más nos hace falta. Como bien decía Berkeley: “Levantamos primero la polvareda y luego nos quejamos de que no podemos ver”. Saber que sea lo que sea que hagamos implicará una elección libre y muy humana nos permite entonces tener conciencia de las posibilidades. Es un elemento menos en la polvareda que ayuda a ganar en visibilidad.

La libertad se da ante las posibilidades que son también alimento para el deseo. - tuitéalo    

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Con un panorama más sereno, y la conciencia acompañando a la víscera, podemos determinar si es que de verdad estamos ante una dicotomía o si se nos ha estado escapando un sendero alternativo. Podemos acercarnos a aquello que mantenemos a distancia, elemento que define a lo prohibido dicho sea de paso. Es posible entonces buscar entre las opciones aquella que despierta más nuestro deseo, aquella que brilla en nuestra mirada de manera peculiar. Dar con esta vía añade el elemento restante a la ecuación: la prohibición que abre la posibilidad de elegir y ésta que despierta el deseo. En efecto, el deseo supone también la posibilidad y se da ante ella. Desear lo desconocido es una linda figura poética, pero cuando nos enfrentamos ante un dilema el camino que va de la libertad a la conciencia y de ésta al deseo. Es aquí donde el otro nos pregunta: pero, ¿qué es lo que en verdad quieres para ti?

Lo prohibido y la ventana de oportunidad

El camino que seguimos aquí nos permite ver cómo un dilema bien acompañado puede transformarse en una ventana de oportunidad. Lo prohibido nos molesta, despierta la protesta ante la libertad perdida. Pero esto es solamente una fachada, una pataleta infantil. Se enmascara así la verdadera dimensión de lo que nos molesta: la necesidad de decidir, de decantarse por algo ahí donde reinaba lo espontáneo y la inocencia. Nos enfrentamos a nuestras propias posibilidades. Valoramos, sopesamos y andamos el camino de la mejor manera que nos es posible. Un diálogo bien estructurado nos lleva a abrir la ventana de oportunidad cuando lo prohibido parece cerrarnos el camino. Lo prohibido es un llamado a la libertad, a su puesta en marcha, su posibilidad de ser ejercida más que su mortal enemigo.

Lo prohibido es un llamado al ejercicio de la libertad. - tuitéalo    

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En este mundo la libertad es una herramienta ejercida ante la posibilidad. Pero como bien advierte Safranski: “La libertad es en él una oportunidad, no una garantía de éxito”. Tomar las oportunidades depende de nosotros. El resultado puede no ser positivo, pero eso solamente puede traducirse en un aprendizaje. El dolor que genera la distancia de la inocencia, la presencia de lo prohibido que abre la ventana de la elección y la libertad, tiene entonces un rostro amable: la oportunidad de equivocarse libremente para aprender más sobre uno mismo. Entendiendo mejor la relación entre las falsas dicotomías podemos encontrar también un camino más tranquilo para asumir el error que es también consecuencia de la libertad.

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