Dice Byron Katie que hay tres tipos de asuntos: los tuyos, los de los demás y los de la vida, el Universo, Dios o como se le quiera llamar. Cuando estamos completamente orientados fuera de nosotros se genera un desequilibrio interno. Luchamos constantemente contra lo que está fuera. Topamos con la realidad como contra un muro que queremos derribar a testarazos. El resultado es más que evidente. Quizá el muro tenga algunos rasguños, pero sin duda que la peor parte nos la llevaremos nosotros. De aquí que proponemos revisar los tres diálogos del hombre. Donde por hombre, como es claro, entendemos al colectivo humano en general.

Los tres diálogos del hombre corresponden a los tres asuntos de los que habla Katie. Comenzaremos en el orden en el que creo que se dan de manera más recurrente. Se hará evidente, por tanto, el carácter eminentemente externo de los mismos. Con frecuencia vivimos más en un soliloquio disfrazado de diálogo. - tuitéalo     Esto quiere decir que estamos en un estado de diálogo interno enmascarado de tal forma que es como si habláramos con nosotros mismos frente al espejo pensando que ese reflejo es realmente el de otro. Es así que enfocamos hacia el exterior incluso el diálogo interno. Añadiremos algunas preguntas guía para ayudar a descubrir las trampas, es decir, para darnos cuenta cuando hemos vuelto a dar un golpe al muro.

Los tres diálogos del hombre: el diálogo con los demás

La primera estación nos lleva al diálogo que emprendemos con los demás. Si tenemos claro que de los tres tipos de asuntos solamente puedo tener injerencia en uno de ellos podemos sacar conclusiones interesantes. Hemos de decir, entonces, que lo único de lo que puedo ocuparme de verdad en un diálogo con otro es de mi propias palabras y de la interpretación que doy a las palabras que recibo. Soy responsable de lo que digo, pero también de lo que escucho. Una perspectiva así nos permitiría entablar un verdadero diálogo permitiendo que el otro se exprese en su totalidad. Es decir, que si soy responsable de lo que escucho sé que la interpretación que hago juega un papel fundamental. ¿Coincide mi interpretación con la intención del otro? Esa es la pregunta del millón.

En un diálogo soy responsable de lo que digo, pero también de lo que escucho. - tuitéalo    

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Lo que hacemos normalmente es reaccionar emocionalmente a un discurso. A penas se pronuncia una palabra y ya hemos teñido de un determinado color emocional la intención. Hasta aquí no hay demasiado problema. El asunto es que responsabilizamos al otro de ese color que nos resulta tan desagradable cuando en realidad hemos sido nosotros quienes lo hemos elegido. El otro, completamente extrañado, no atina sino a reaccionar pagando con la misma moneda. Transacción propia de los tres diálogos del hombre cuando se olvida que los únicos asuntos sobre los que tengo influencia son los míos. Prueba a preguntarte esto después de un diálogo: ¿por qué lo que me dice esta persona me hace sentir esta emoción? ¿Qué es lo que estoy escuchando de este mensaje?

Roca, ¡vuela! El diálogo con la realidad

Tener imaginación es algo más que positivo. Sin ella no seríamos capaces de modelar un conjunto de circunstancias distintas a aquellas que ya nos abrazan en el presente. Claro que no hay que confundir esta expectativa de la imaginación con un imperativo que la realidad está obligada a escuchar y, sobre todo, a obedecer. Se pensará entonces en la famosa ley de la atracción. El problema es que nos olvidamos muy fácilmente de que la atracción implica primero un trabajo sobre uno mismo, es decir, que primero he de convertirme yo en un imán antes de esperar atraer alguna cosa. Dicho de otra manera, en la palabra atracción hay que ver con atención lo que está después de las primeras tres letras.

En la palabra atracción está ya implícita e inscrita la acción. - tuitéalo    

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Dentro de los tres diálogos del hombre, el que corresponde a nuestro diálogo con la realidad externa suele tener este formato de imperativo absurdo. Queremos que la realidad responda a nuestros deseos desde la comodidad de la inacción. Pretendemos, además, el absurdo: que la piedra vuele, que Sol adelante su salida… La verdadera magia está, como en el caso anterior, en dejar que la realidad se exprese en su esencia siendo tan conscientes como sea posible de lo mucho o poco que estamos añadiendo nosotros a ella. Mientras más podamos verla tal cual es mejor le entenderemos. Se sabrá entonces lo que puede pedirse, lo que puede esperarse y lo que no tiene sentido ni pedir ni esperar. Prueba a preguntarte: ¿mis demandas consideran la verdadera naturaleza de las cosas? ¿Estaría dispuesto a aceptar que las cosas son diferentes incluso si eso va en contra de mis deseos?

El diálogo entre el ser y el tener

El último de los tres diálogos del hombre nos lleva a nuestro interior. Hemos dicho ya que en la medida en que los otros dos se dan de la manera ya descrita lo que sucede es que en realidad estoy teniendo un diálogo interno enmascarado. El soliloquio de la propia interpretación es el estado habitual de nuestra comunicación. - tuitéalo     Es por eso que nos cuesta tanto llegar al nivel más profundo: el verdadero diálogo con uno mismo. Este bien puede definirse como el diálogo entre aquellos elementos que nos definen esencialmente y nuestras expectativas sobre nosotros mismos, sobre lo que debería ser nuestra vida. El primero de los elementos habla de lo que ya somos, mientras que el segundo lo hace de lo que nos gustaría tener.

El diálogo con uno mismo implica quitarse cualquier máscara - tuitéalo    

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El tener, no obstante, se puede extraviar centrándose en asuntos materiales. Aquí, como espero que quede claro, importa mucho más aquella dimensión del tener que añade un valor a lo que somos. Tenemos algo cuando conseguimos integrarlo armoniosamente en nuestro propio esquema. Esto implica un primer reconocimiento de lo añadido en su más íntima esencia y, desde ahí, una valoración de lo que puede añadirse de valor a nosotros. Es un acto de humildad que mira hacia el interior para reconocer una falta que ha de llenarse amablemente. Puede también reconocer su plenitud y agradecer ese instante mágico. Si por el contrario lo que encontramos es el conflicto puedes preguntarte lo siguiente: ¿qué puedo añadir a lo que soy para resolver este conflicto? ¿Estoy enfocando realmente un asunto mío o estoy confundiendo algo que corresponde a los demás o a la vida en general?

Tomar como ejercicio el ser consciente de la situación de los tres diálogos del hombre dentro de nosotros es un camino a la serenidad. Dejar de dar testarazos contra el muro de la realidad es el primer paso para abrazarla.

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