Estoy esperando la casualidad de mi vida… Hay frases que te acompañan durante toda la vida. En este caso quiero hablar de una que está ligada a una extraordinaria historia. Se trata de una de esas historias con las que te puedes encontrar dos, tres, cuatro veces y siempre se descubre un detalle, se redimensiona una frase o nos reconocemos en una secuencia. El tiempo parece no pasar y las coincidencias se multiplican. El recuerdo del primer encuentro sirve siempre de compañía. ¿Será que hemos estado viviendo en círculos? Esto me pasa con Los amantes del Círculo Polar de Julio Medem y la espera por la casualidad.

Ana y Otto no dejan de hablar de distintas maneras a través de su historia única. Aunque ese carácter especial bien puede recaer en la repetición, es decir, en las cosas que parecen darse de nuevo acompañadas de un cierto aire de azar. El piloto que queda atrapado en lo alto de un árbol en un país extraño, la española que llora la muerte del caído y la realidad que parece ir en círculos de manera que pueda leerse igual en un sentido o en otro. La casualidad tiene una peculiar apariencia de repetición. Estamos de nuevo aquí, casualmente, encontrándonos como si fuera la primera vez.

La casualidad de mi vida y la variación de lo mismo

Pero no es así, no puede ser así. Por más que dé lo mismo empezar por la cabeza o la cola el camino es distinto. A-n-a, a-n-A, O-t-t-o, o-t-t-O… los nombres capicúa son simétricos pero el camino de ida y el de vuelta no escapan a la variación. Toparse con una “a” te hace esperar la “n” y de nuevo esa “a” de cierre. Lo complejo es saber reconocer esos elementos que componen el camino, saber ver la casualidad, el guiño de la fortuna. Hacer el trazado simétrico sin desviación ni confusión, con absoluta fidelidad al camino recorrido. Vaya tarea.

Lo inesperado es la fatalidad disfrazada de presente. - tuitéalo    

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“Ya no quedan casualidades buenas. La culpa es mía, que las gasté muy rápido”. Y por casualidad me topo de nuevo con esta vieja amiga de la pantalla. El trabajo del oriundo de San Sebastián, Julio Medem, sigue dando vueltas en la vida como para recordar la forma caprichosa que tiene el destino. Una obra plagada de metáforas textuales (en un sentido amplio de la expresión) que muestran precisamente que, aunque ya todo esté dicho desde el principio, siempre hay espacio para la sorpresa, para lo inesperado que no es sino la fatalidad disfrazada de presente. La variación es el mejor remedio para el tedio vital y se consigue sin tener que abandonar por completo el terreno conocido.

La casualidad de la muerte

Entonces los pequeños Ana y Otto no se dan cuenta de que principio y fin son como la cabeza y la cola de la serpiente que se devora a sí misma. La serpiente capicúa, el signo del destino. Si la muerte marca el encuentro en uno de los lados es ella misma la que estará esperando en el final del camino. Si el desamor está en la puerta es porque será él quién recibe y despide a los invitados. Entremedio está la colección de casualidades, las que nos cuentan una historia que, como siempre, sólo puede hacerse después de que las cosas han ocurrido. Vamos dando saltos más o menos alegres de un momento de la ida a otro hasta completar el círculo, como el sol de la medianoche del Círculo Polar.

Voy a quedarme aquí todo el tiempo que haga falta. Estoy esperando la casualidad de mi vida, la más grande, y eso que las he tenido de muchas clases.

La casualidad más grande es la muerte, esa que nos espera paciente y no llega nunca ni pronto ni tarde. Está ahí, nos espera, es casi imposible reconocerle a pesar de que desde el inicio se nos anuncia su presencia. Por eso nos sorprende. Pero hay tiempo para la casualidad del amor, para la del encuentro y el desencuentro, para ir dando tumbos en la búsqueda de lo que desde el principio nos estaba destinado. Hay muchas ventanas que esperan un valiente que salte por ellas. Esas ventanas de lo azaroso se multiplican cuando hemos atravesado una. Están siempre ahí expectantes. Hasta que saltamos esa que es la más grande. Entonces el círculo se habrá cerrado y se podrá contar la vida como un conjunto de casualidades. Yo sigo esperando y voy a quedarme aquí todo el tiempo que haga falta.

Salto en paracaídas

Mientras la casualidad última no llegue el encuentro sigue siendo posible. Puertas y ventanas siguen ahí como bocas que piden a gritos el ser atravesadas. La casualidad de mi vida está detrás de la cortina de la aventura, de la elección y el error que lleva a un ajuste en el plan de vuelo. Pero las opciones no son realmente infinitas. Cambian, sí, pero ahí donde hay variación hay también una línea de base que mantiene todo con un aire de familia. Y ahí vamos nosotros, girando mientras andamos esa cuerda floja de la vida. Atravesamos ventanas a la espera del siguiente encuentro con eso mismo que se disfraza de otro.

A veces hay que saltar aunque el aterrizaje no sea del todo claro. - tuitéalo    

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Los amantes del Círculo Polar es una película grandiosa, de esas que te acompañan toda la vida. Ana y Otto hablan con su historia única siempre de distintas maneras. Es un salto en paracaídas con el que nunca sabes bien en qué árbol habrás de aterrizar. Una recomendación para que la descubran quienes no la conocen y la redescubran quienes creen que ya la han visto. “¡Venga valiente! Salta por la ventana”.

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