Un nuevo año está ya con nosotros. Una página en blanco que se extiende ante nuestros ojos invitando a llenarla, a jugar, a experimentar, a dar un paso y otro y otro más. En el camino no hay nada asegurado, por fortuna. El error es un constante compañero, uno que está siempre asomando la cabeza a la espera del menor descuido para mostrar su rostro. Tenemos la posibilidad de elegir entre hacer de él un monstruo escondido en las sombras o bien un aliado, un buen amigo dispuesto a compartir su conocimiento y unas cuantas sonrisas. La ciencia del error consiste en elegir esta segunda vía.

El error se ha vinculado con una valoración moral negativa. Equivocarse es malo, genera una mala nota en el expediente vital y nos pone ante el riesgo de abrir la caja de Pandora de nuestros errores pasados. Este tipo de perspectiva se convierte en un gran peso que llevamos cargando constantemente. Nuestro amigo el error se convierte en un verdadero monstruo que nos asecha. Su mordedura, además, nos convierte a nosotros mismos en monstruos. La culpa, el arrepentimiento y toda la serie de pasiones tristes, por decirlo a la manera de Spinoza, nos devuelven una imagen distorsionada y devaluada de nosotros mismos. ¿Cómo podemos entonces enfrentar de manera diferente los errores? ¿Cómo construir una auténtica ciencia del error?

Ciencia del error: dos viejos amigos

Antes de seguir avanzando habría que reparar en un elemento que brinda un interesante y elocuente contraste. El error en las cosas de la vida parece ir de la mano del reproche moral, pero si pensamos en términos de conocimiento no parece aplicar la misma lógica. Si pensamos en el ensayo y error que es parte del método científico nos alejamos como por arte de magia de un contexto de máculas moralinas. La pulcritud de un trabajo científico no se ve comprometida por la cantidad de errores que le preceden. Lo que es más, son precisamente estos los que permiten dar forma a un resultado exitoso. La ciencia y el error, entonces, tienen ya esa relación amistosa y cómplice en el camino del conocimiento.

Ciencia y error tienen una relación amistosa y hasta cómplice. - tuitéalo    

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En el torbellino de nuestras creencias conviven este par ideas antitéticas. Damos un enorme valor a la ciencia como discurso de máxima autoridad, pero el error, ese viejo cómplice del discurso científico, es también una llave a la condena que señala con dedo flamígero a quien cae en él. Es claro que no se descubre el agua tibia si se dice que de los errores se aprende. Eso parece estar claro en cualquier ámbito de la vida. Lo que se busca destacar aquí es la forma en que se asume el error cuando éste se ubica dentro de un contexto como el de la ciencia y lo que cambia cuando lo pensamos en la vida cotidiana. Aunque hay que decirlo, el científico no escapa al peso moral del error y es por eso que pasará por los mismos aprietos que cualquiera de nosotros cuando se trata de admitir los propios errores.

Aprender del pasado

Uno de los valiosos consejos de Dale Carnegie nos dice los siguiente: “Hay un cierto grado de satisfacción en tener el valor de admitir los errores propios. No sólo limpia el aire de culpa y actitud defensiva, sino que a menudo ayuda a resolver el problema creado por el error”. Admitir los propios errores nos lleva a un estado de serenidad que propicia una mayor claridad y actitud resolutiva. Algo sin duda relacionado con la cantidad de tiempo y energía que se emplea en querer esconder el pasado, lo ya hecho, lo que ha salido mal. Hacer las pases con lo que hemos dejado atrás permite dejar de arrastrar ese fardo para abrirse camino hacia la siguiente experiencia. La ligereza no se consigue cuando no se comenten errores sino cuando se evita hacer de ellos anclas a un tiempo al que es imposible volver.

El pasado debe ser nuestro maestro, pero no nuestro dueño. Ed Catmull - tuitéalo    

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Dice Ed Catmull: “El pasado debe ser nuestro maestro, pero no nuestro dueño”. Es imposible construir una ciencia del error si no somos capaces de mirar a los ojos al pasado no para volver a él, ni para caer en el sinsentido de intentar cambiarlo, sino para escuchar lo que tiene que decir, para revivir la experiencia en el presente de manera que pueda ser reconfigurada. Se trata de ver con otros ojos lo sucedido sin evocar por ello sensaciones relacionadas con la culpa y el remordimiento. Nos hemos equivocado, sí. Lo hemos pasado mal, sí. Pero nada de esto deriva en una marca indeleble en nuestra existencia. Habría que escuchar mejor la expresión reconocer el error. Se trata, en efecto, de darle otra oportunidad para hacer que de él emerja el conocimiento. Hay que verlo de nuevo, escuchar en él un sentido distinto, empaparse de la experiencia que ha sido posible gracias a él. La tarea de la ciencia del error, en suma, inicia con perder el miedo a ese viajero que nos acompaña para reconocerlo como parte de nosotros. Será más o menos alegre, pero hay que tener el valor de abrazarle en todas sus dimensiones.

Un método para el año que comienza

El camino inicia dejando atrás el miedo. Es así como se alcanza la disposición necesaria para hacerle frente a las nuevas aventuras. Pero hay que hacer también un aristotélico llamado a la mesura. La ciencia del error implica conocimiento y éste no llega sin un mínimo esfuerzo. No se asume en ningún momento que todo será alegre y color de rosa de aquí en adelante. Eso es lo verdaderamente mágico: no hay conocimiento sin un emocionante ensayo impregnado de incertidumbre. - tuitéalo     Hay momentos en que podemos acelerar la carrera y otros en los que es mejor atender a la sabiduría del proverbio chino que nos dice: “Quien pisa con suavidad va lejos”. Aprender a distinguir entre uno y otro es parte del método mismo que se siente muy cómodo en compañía del error.

La ciencia del error no llega sin esfuerzo, pero la aventura vale la pena. - tuitéalo    

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Lo que puedo desearte, querida y querido lector, es que te equivoques mucho y lo hagas cuanto antes. Intentar evitar los errores es tanto como cruzar un camino minado cerrando los ojos y esperando que la ceguera evite las consecuencias de pisar en el lugar equivocado. Poner sobre la mesa las creencias que tenemos sobre el error y sus vínculos con la moral, por el contrario, te llevará a desenterrar las minas que tú mismo llevas dentro. Cambiarás el aire y estarás en mejores condiciones para equivocarte de nuevo. Porque el error existe, las cosas desagradables suceden. Hay que reconocerlas y vivir con ellas, pero no estamos obligados a cargar con nada que no nos ayude a alcanzar la siguiente etapa. Eso sí que está siempre en tus manos.

“Para cambiar el mundo debemos crear cosas que no existen”, dice el mismo Catmull. Para llegar a ese momento creativo hay que estar dispuesto al error, a escuchar críticas y comentarios que nos llenen de conocimiento. Aprender es siempre una apertura, un descubrimiento constante. Ya sabes que a veces el tren equivocado puede llevarte a la estación correcta. Pero para saberlo hay que emprender la aventura a la que nos invita la página en blanco que llevamos dentro.

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