Los reencuentros son momentos en que la memoria juega un papel fundamental. No importa el tiempo transcurrido entre la última vez que has visto a alguien y ese nuevo momento de tiempo compartido, la memoria da continuidad a las cosas permitiendo el reconocimiento en el presente sin que el paréntesis de ausencia y su dimensión sean demasiado relevantes. Las preguntas fluyen sin reparar en todo lo que ignoran. Es como si supieran que la respuesta correcta está en el fluir mismo de una conversación que va tejiendo parches sobre los huecos del tiempo. Este texto tiene lugar gracias a uno de esos reencuentros que me ha hecho reparar precisamente en lo relativo que es contar con la respuesta correcta como si de un as bajo la manga se tratara.

Lo primero que aparece es ese compañero inseparable del tiempo: el espacio. ¿Dónde hemos estado? ¿Qué lugares hemos conocido? ¿Qué paisajes han condicionado (o expandido) nuestra mirada? ¿A qué sonidos han tenido que acostumbrarse nuestros oídos? ¿Qué sabores han pasado por la boca? ¿Qué climas han curtido la piel? La experiencia está marcada por el cuerpo y sus sensaciones. - tuitéalo     Descubrir sus posibilidades es aumentar los referentes, dar nuevas dimensiones a las respuestas que antes podían parecer como una masa uniforme e inamovible. Lo inesperado viene al encuentro abriendo a golpes las puertas de la mente. Sólo un necio puede ignorar el viento de lo diverso que se hace presente por los sentidos. El punto de origen, ese lugar donde nos vimos por última vez, ha sido transformado sin tener que moverle ni un pelo. Pero cuidado que quizá nos ponemos demasiado del lado del sujeto.

La respuesta correcta es de todos

Ponerse al día implica, como decimos, enmendar los huecos del tiempo con un discurso que no necesariamente es meticuloso. Una pregunta por aquí y otra por allá, las grietas se llenan gracias a la perspicacia de los presentes. Lo que queda como incógnita nos hace conscientes de que nuestra experiencia, por más clara que nos parezca, no siempre puede ser compartida. El otro no mira igual, no ha pasado por los mismos filtros y, por tanto, necesita ayuda para recorrer el camino que nos lleva a hablar o pensar de determinada manera. La memoria nos da la línea de continuidad y el discurso que rememora va pintando los matices del presente. Así, casi sin querer, es en esta amena charla de reencuentro donde incluso ese omnipresente yo va poniendo sus propias piezas en orden. Sin el diálogo con el otro no podríamos tener la respuesta correcta ni con respecto a nosotros mismos.
El discurso que rememora llena de matices el presente. - tuitéalo    

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Se ve que la verdad es un proceso, una construcción que supone muchas voces. Nuestra propia verdad implica un andar singular que toma forma en la medida en que se reconstruye mirando hacia atrás. Cuando andamos somos nosotros, pero la conciencia de lo recorrido, elemento indispensable para decirnos poseedores de un saber, no llega sino hasta que hay un extrañamiento como el que produce el otro que pregunta por nuestros pasos. Gran lección de humildad: para ser más yo debo reconocer en el otro la posibilidad de reconstruirme, de darle forma y nueva dimensión a mi experiencia. Puede que incluso descubra cosas de lo ya vivido a través de una pregunta. Así, el viaje del otro, con las mismas características que el mío, se une en un entramado de experiencias que subrayan el carácter compartido de las respuestas. Hay, pues, una red de diálogo que impide que alguien se adjudique en exclusiva la verdad.

El lugar del individuo

¿Dónde queda entonces el individuo? Este concepto debe tomarse con pinzas pues, como bien señala Eugenio Trías, parecería que el individuo es en efecto aquel que resulta indivisible. Pero podemos ver que esto no sería sino una ilusión, un auténtico espejismo. Este yo que anda y habla configura su identidad a través de fragmentos que no se anudan sin un verdadero esfuerzo en el que, además, participan siempre otros. La singularidad está en ese peculiar manera de anudarse, en el conjunto de fuerzas que actúan en complicidad para generar lo que es en apariencia una unidad. La respuesta correcta con respecto a nosotros mismos no puede darse sin referencia a otros. Aunque esto no significa que no hayamos recorrido el camino por nuestra cuenta y que esos pasos sean de verdad nuestros. “Yo soy yo y mi circunstancia”, dice la conocida frase de Ortega y Gasset. A mitad de camino entre eso que me es más propio y todo lo que está fuera de mí es donde se dibuja lo que de verdad soy.
Entre mi voluntad y las circunstancias externas se delimita el espacio del yo. - tuitéalo    

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Esto, finalmente, nos lleva a un tema recurrente de este rincón: la responsabilidad. El reencuentro con alguien produce una mirada retrospectiva en el camino. Ente risas llegan los recuerdos de experiencias que han acontecido mientras los ahora presentes nos encontrábamos a la distancia. Hemos de mirar de frente al pasado mientras relatamos la anécdota asimilando entonces lo sucedido. De manera inocente, pero no por ello menos significativa, respondemos por nuestras acciones dando cuenta de los pasos que hemos tenido que dar para llegar hasta ese momento. Cada historia es una pincelada de nuestras decisiones, de los pasos más o menos ingenuos que nos tienen ahí reunidos. Siguiendo el principio de la navaja de Ockham habría que evitar multiplicar los problemas y decir que la respuesta correcta está en el entramado de historias que compartimos, ahí donde se esconden, a plena vista, nuestras motivaciones, gustos y manías.

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