El horror nos toma por sorpresa. No es que no le hayamos visto antes, pero las coordenadas de tiempo y espacio no nos habían puesto antes tan cerca. Los atentados, así sin adjetivos, son la expresión aberrante de una visión del mundo que se caracteriza por su voracidad y su intolerancia. Es importante abandonar el adjetivo porque sólo así podemos ver la raíz del impulso. Los resultados de los mismos son siempre de escándalo, es decir, son una trampa que encontramos en ese camino por el que regularmente andamos y que nos obliga a tomar una decisión sobre nuestros siguientes pasos. Los atentados son una violenta pregunta que apela a nuestras más profundas creencias.

La palabra misma nos remite a una acción, a algo que se emprende, un movimiento hacia adelante. La intención, por tanto, es la de conseguir algo, pero no necesariamente hablamos de un objetivo claramente definido. Cuando hablamos de atentados el concepto de tentación no nos queda muy lejos: hablamos de un intento, de un poner a prueba donde el aroma a trampa no nos abandona. No es de extrañar que la palabra atentado haya quedado completamente vinculada a un acto ilícito, a una alteración del orden o agresión en contra de alguien. Cualquiera de estas acciones tienen siempre como consecuencia la necesidad de una respuesta de aquel o aquellos a quienes afecta.

Entre atentados y tentaciones

Podríamos recurrir a la figura más clásica que hay para ilustrar esta relación: el diablo. A este personaje lo encontramos siempre poniendo trampas o, dicho de otra manera, poniendo a prueba a otros. Del resultado de estas tentativas o tentaciones depende la salvación o condena del sujeto de prueba. Pero el atentado está en la trampa misma que es ya un acto de violencia contra quien debe enfrentarla. El escándalo se puede evitar o caer en él, pero el hecho mismo de ponerlo frente a alguien es ya un movimiento hacia delante que delata una intención. Los atentados, por tanto, no solamente son un hecho reivindicativo de una determinada ideología o programa, sino que son también una trampa puesta en el camino para quienes tienen la desgracia de verse afectados por ellos.

Poner a prueba es ya un acto de violencia que obliga a la acción. - tuitéalo    

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El mejor de los escenarios para esa mítica figura del tentador es el de la cadena de violencia. La tentación está puesta sobre la mesa, después todos los se vean seducidos por ella se encargarán de hacer el resto. Es una historia demasiado vieja y demasiado humana. Un anillo, un tesoro, un trono… Los objetos de la tentación mutan sin mover un pelo de la historia. Perdemos de vista el valor de la vida cuando la tentación nos tiende los brazos. - tuitéalo     Ninguno de nosotros se salva de esa experiencia aunque, claro está, siempre hay extremos de los que conviene mantenerse alejados.

El juego del huevo y la gallina

Cuando el origen de un conflicto no está claro no queda más que recurrir al recurso del mito. Esos relatos que dan sentido a la historia pasada y presente de un pueblo encontrando precisamente en esta función su valor de verdad. Pero en todo relato está sujeto a interpretación, no se trata de un discurso diáfano que hable de la misma manera a cualquier individuo. Las divergencias en las lecturas pueden ser más o menos críticas hasta que entra en el horizonte una variación que supone un cambio en las creencias. Aquí, como bien sabía Khun, las ciencias no se distancian mucho de las religiones: nadie cambia sus supuestos fundamentales así nada más porque sí. Quien tiene el valor de enfrentar lo que piensa que es una lectura incorrecta del mundo deberá enfrentarse las modalidades del rechazo y la voluntad de silenciar esa voz disidente.

Hay que estar atentos ante quien legitima culpas con cronologías. - tuitéalo    

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Pero demos un paso atrás de nuevo. En el intento de encontrar en una lectura o piedra de toque suele coincidir con una búsqueda en el pasado de ese punto fundamental de apoyo. Ante los atentados, por tanto, no es raro encontrar esa multiplicación de búsquedas históricas que expliquen el presente. Lo peligroso siempre es el que en esa pregunta que busca determinar si fue primero el huevo o la gallina se encuentre también la intención de establecer razones para señalar culpables. Esta es la gran tentación que perpetua el conflicto, la trampa que deriva en nuevos atentados que no hacen sino cambiar los papeles entre esos supuestos inocentes y culpables. Esta es la cadena de violencia de la que no podemos escapar.

La necesidad de tomar partido

Como suele suceder en nuestros días ante un acto de horror la información no deja de llegar. De pronto cualquiera puede ser un experto en conflictos religiosos e internacionales. Este texto está motivado por los acontecimientos de las últimas semanas, evidentemente, pero no pretende hablar solamente de estos lamentables hechos. No soy ningún experto en la temática ni pretendo serlo. Lo que intento es quitar los adjetivos y los nombres propios para poder tomar distancia y ver la infernal dinámica en la que estamos metidos. Intereses económicos, fanatismos, intolerancia, extremismo y al final pueblos devastados, familias a las que les han amputado un miembro dejando una estela de odio y dolor detrás. Los responsables, los de verdad, siguen viendo a la distancia las maniobras fríamente calculadas.

Ante la premura de tomar partido no hay que olvidar la primacía de lo humano. - tuitéalo    

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Si hay que tomar partido por algo quiero hacerlo por la humanidad. Por esa que en Oriente ve morir a sus hijos en el fuego cruzado de las bombas extranjeras y el puño de la intolerancia que les asfixia desde dentro. Por la humanidad que libremente disfrutaba de un concierto cuando un conflicto que no era el suyo les quitó la vida. Por la humanidad que cuando llora de rabia es cuando más necesita entrar en contacto con sus soportes de virtud y escuchar a la prudencia. Los atentados, los de ambas partes, ponen ante nosotros una trampa en la que no dejamos de caer. Muy frágiles deben ser nuestras convicciones como para necesitar de la muerte de otros para mantenerlas vivas. No por nada los personajes de ficción que se alimentan de la sangre de los vivos tienen una importante característica: están muertos. Idearios vampirizantes, lamentablemente, los hay en ambos bandos.

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