Hoy tengo un recuerdo para compartirte, uno de un gran maestro. Siempre que hablo del recuerdo me viene a la cabeza su linda etimología. Recordar es volver a pasar por el corazón algo, una visita al núcleo emocional que antes era también el hogar de la memoria. Volver al centro palpitante del recuerdo es como dar un paseo en la montaña rusa, permitirse ser más como un niño estallando en carcajadas y llorar sin pudor. Hay lugares de la memoria que tienen un poco de risa y llanto: la sonrisa llega por lo pasado y las lágrimas por mantener un pie en el presente donde se sabe que el retorno es imposible.

Piensa en John Keating (Robin Williams), el profesor de El club de los poetas muertos, o en William Hundert (Kevin Klein) el maestro de The Emperor’s Club. Al recordarles es inevitable dibujar una sonrisa en el rostro. Son dos magníficas representaciones de lo que un profesor puede significar en el aula. Siendo un estudiante de filosofía me encuentro constantemente con la pregunta por el futuro profesional. Una que suele rematarse con la siguiente acotación: ¿quieres ser profesor? El tono, evidentemente, no es de entusiasmo, sino más bien de una especie de resignación y cierta compasión por aquellos que nos hemos encadenado prematuramente a la docencia.

John Keating y William Hundert reflejan la imagen ideal del gran maestro. - tuitéalo    

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Pero Keating y Hundert son muestras claras de lo que puede suceder al cruzar la puerta de un salón de clase para enfrentarse a un conjunto de personas más o menos dispuestas a aprender. Puede que se termine tocando sus vidas, marcando un camino o sembrando una semilla de recuerdos que pueden resultar útiles tarde o temprano. La enseñanza es una noble tarea que requiere paciencia y mucha generosidad. - tuitéalo     Pero es también una responsabilidad enorme, una tarea que debe asumirse con toda seriedad y que va más allá de los minutos que se dedican al espacio cerrado del aula.

El gran maestro es un también un gran ejemplo

Kant decía que no puede enseñarse la filosofía porque ésta no se aprende, sino que sólo se puede aprender a filosofar. La filosofía, en efecto, no es un mero cúmulo de papeles que nos cuentan lo que otros han pensado. Se trata más bien de un ejercicio reflexivo que cada uno debe realizar. Sapere aude, atrévete a conocer, a valerte de tu propio intelecto. - tuitéalo     Este será el lema que Kant da al movimiento ilustrado y que todavía hoy nos sirve para mostrar que el ejercicio de las propias capacidades es fundamental para conseguir la autonomía.

Dice Kant que no se puede aprender filosofía sino sólo a filosofar. - tuitéalo    

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De aquí que un gran maestro no sea solamente aquel que tiene todos los conocimientos necesarios. Un gran maestro es aquel que resulta ejemplar, que vibra en consonancia con aquello que dice conocer. Todavía mejor, es ese que te habla de los números o de la historia del mundo, pero que con su presencia logra transmitirte la definición práctica y concreta de una buena vida y los valores que la orientan. Un gran maestro está presente cuando termina la clase, cuando corres por los espacios de la escuela, cuando necesitas un oído atento para escucharte. Un gran maestro es también un gran ejemplo, un modelo de conducta, un punto de referencia en el futuro para aquellos que lo han conocido. Es por eso que el maestro tiene una gran responsabilidad.

Adiós al maestro y amigo. Gracias por ser un gran ejemplo

El recuerdo que quiero compartirte tiene que ver con el núcleo emocional de este ideal de maestro. Tuve la fortuna de contar con mi propia versión de Keating y Hundert. Un hombre de aspecto serio que era capaz de hacerte reír con un simple cambio en su expresión. Hablaba con la mayor propiedad, aunque en realidad te estuviera contando un chiste. Hacía un garabato en la pizarra para sorprenderte después transformándolo en el dibujo de una máscara, un animal o cualquier otra cosa de la que era capaz su imaginación. Un verdadero mago lleno de relatos.

Elegante del vestido al discurso. Pulcro del aspecto a la conducta. Entrar en su oficina era como estar en un santuario del orden y la disciplina. Pero no esa que se ejerce en base a la reprimenda y el castigo, sino la que se gana a partir de la cordialidad, el respeto y una dosis siempre justa de humor. El profesor Medardo Anaya era el claro ejemplo de lo que podía imaginar ante la pregunta que se le hace a todo infante: ¿qué quieres ser cuando seas grande? A todas las respuestas posibles que podía haber dado subyace siempre el mismo elemento esencial: la prudencia, esa característica fundamental de este gran maestro.

El recuerdo del profesor Medardo es también el de la prudencia como bastión de la enseñanza. - tuitéalo    

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Una virtud que, según santo Tomás, orienta a la justicia, la templanza y la fortaleza. Una virtud que implica una cierta sabiduría práctica, phronesis, un saber que se practica y que permite alcanzar la justa medida de las cosas. Saber cuando actuar, cuando guardar silencio, cuando hablar y saber qué es lo que hay que decir. La palabra justa, el oído atento. El gran maestro es el que presta atención y responde siempre con prudencia. - tuitéalo     No es nada sencillo conseguirlo, por eso precisamente su imagen se queda en la memoria como una guía para el espíritu.

Hoy te comparto este recuerdo porque son las personas como el profesor Medardo las que inspiran las historias de John Keating y William Hundert. Este tipo de héroe es de los más raros y especiales: el formador de almas que no hace sino ejercer el sutil arte de enseñar con el ejemplo. Su tarea es simple, pero para realizarla se requiere de una gran fuerza de voluntad, una disposición de ánimo que lleva a abrazar la virtud como guía en el camino. Así andan por el mundo mostrándonos que tal sendero es posible. Que venga entonces la pregunta: ¿quieres ser profesor? ¡Sí! Quiero seguir los pasos de un gran maestro que alguna vez me enseñó que la virtud se transmite también con una sonrisa. Gracias por el ejemplo profesor Medardo. Su recuerdo vive en cada uno de nosotros.

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