Para dar un paso más en este paseo por las falacias hay que recordar algunos de los elementos por los que hemos pasado. De manera particular hay que tener en el horizonte lo que hablamos sobre la petición de principio, pues en lo que te invito a revisar hoy estará muy presente esto de dar por sentado algo para tomarlo como punto de apoyo al momento de dar forma a un argumento. En esto, como ya sabemos, hay que estar atentos con los puntos de partida que pueden determinar en gran medida el resultado que se obtiene. Sobre todo cuando en ese arranque se hace referencia a circunstancias del pasado o a características de una persona.

Estamos ahora ante casos que son de lo más habitual que puedas imaginar. Se trata de un par de falacias que quizá hasta te suenen conocidas: la falacia genética y falacia ad hominem o ad personam. La primera juega con el tiempo pretendiendo detenerlo o darle un valor que no le corresponde. La segunda, por su parte, intenta encontrar razones en características de las personas como si lo bueno o malo que hay en alguien pudiera dar fuerza a un argumento. En ambos casos estamos ante reacciones de impotencia o estrategias que buscan desviar la atención del centro de la cuestión. Buscar un terreno de acuerdo, puntos donde sea difícil no asentir para desde ahí intentar ganar una fuerza que no se tiene para argumentar contra la cuestión que se discute.

Falacia genética, el juego con el tiempo en el argumento

Imagina que juzgamos a Albert Einstein por el comentario de aquel profesor que a los quince años le dijera que nunca llegaría demasiado lejos. Afirmar que es imposible que un estudiante tan poco brillante a los ojos de su profesor sea el mismo que generó toda una nueva concepción del tiempo. Podemos ir más allá: ¿quién pensaría que el hijo de un agente de aduanas nacido en un pequeño pueblo de Austria marcaría la historia de la humanidad? El origen o las condiciones pasadas de algo pueden ayudarnos a comprender el contexto de las cosas, pero no son elementos que sirvan para apoyar la verdad de un argumento. Ante las atrocidades promovidas por Hitler no se puede argumentar hablando de su humilde origen como prueba de su bondad o de su afición por el arte para justificar sus nobles intenciones para concentrar lo mejor de la producción cultural del planeta.

El pasado es una fuente de explicación, pero no siempre de justificación. - tuitéalo    

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Voy a un ejemplo extremo, lo sé, pero así es más sencillo ver el procedimiento de una falacia de este tipo. Lo que sucede en el pasado, de nuevo, tiene una relación de contexto con el presente, nos ayudan a comprender mejor lo que tenemos hoy frente a nosotros, pero no substituyen el presente. En pocas palabras, hay que estar en guardia ante el intento de jugar con el tiempo confundiendo el pasado con algo que es igualmente válido en el presente. Además, cuando hablamos del origen de algo hay que tener mucho cuidado con no caer en un terreno casi mítico para justificar algo. Para seguir esta idea es suficiente con recordar argumentos del tipo: son las costumbres del pueblo y no se puede hacer nada la respecto. Una variante que renuncia a la posibilidad del cambio en el devenir histórico: tu familia siempre ha apoyado a X partido, por eso tus ideas son las que son. La historia es la narración de los cambios y no hay que olvidar que también está sujeta a interpretación.

Una especie de referencia a una herencia histórica termina teniendo más peso que el presente. Quizá el ejemplo más claro puede estar en el documental de Michael Moore Bowling for Columbine. Ahí puedes ver una entrevista a Charlton Heston donde le preguntan: ¿por qué los Estados Unidos tienen una tasa tan alta de muertes por armas de fuego?  La respuesta es: por la historia violenta del país. Moore responde diciendo que países como Alemania e Inglaterra tienen también una historia bastante violenta, pero eso no se refleja de la misma manera en las estadísticas del presente. Heston no sabe qué responder y termina aferrándose a la falacia hasta abandonar al entrevistador. Casos como este podemos encontrar por todas partes. La moraleja: el pasado nos explica, pero no por eso deja de ser pasado. - tuitéalo     Se cuela en este punto una perspectiva filosófica que va más allá de la lógica, pues lo que se remarca es la importancia del cambio a lo largo del tiempo sin que por ello deje de resultar relevante la continuidad. La pérdida de equilibrio en esto nos lleva, de nuevo, a posiciones falaces.

Falacia ad hominen, el argumento se vuelve personal

Algo muy similar sucede cuando, en lugar de discutir el centro de la cuestión, todo se centra una serie de calificaciones de las personas. Ya no importa si el argumento es válido o no o si las premisas realmente apoyan a la conclusión, sino que todo empieza a girar en torno a si la persona es una mentirosa, si tiene hábitos extraños o cualquier elemento que ayude a desviar la atención de la pobreza del propio argumento. La apuesta es hacer que el contrincante pierda credibilidad señalándole sus defectos renunciando, evidentemente, al razonamiento y el compromiso con la prueba. Esto puede ser más o menos directo y evidente. Además de que seguramente reconocerás algunas situaciones de la vida cotidiana donde esto sucede.

Algo que resulta más o menos simpático en nuestros días es el argumento que recurre a ese gran fantasma del sistema para descalificar argumentos. Digo más o menos porque hay puntos en los que las discusiones pueden volverse muy pesadas. Seguramente conoces a alguien que piensa que estar en contra de todo es lo mejor y que esa posición es lo mejor para garantizar un camino de libertad. Cuando se intenta argumentar y se muestran los callejones sin salida en los que pueden caer llega la respuesta: es que tú eres parte del sistema, el sistema te tiene muy condicionado… Algo que no es sino una variante de fórmulas del tipo: eres comunista, eres de derecha, eres capitalista y tantas como se te puedan ocurrir. Puede que uno esté completamente atrapado por el sistema, pero eso no aporta nada a la argumentación sino que simplemente descalifica a la persona.

Se discuten argumentos, no atributos personales. De lo contrario caemos en una falacia. - tuitéalo    

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Apelar a las creencias, la raza, la nacionalidad o la clase, es una manera muy burda y directa de caer en la falacia ad hominem. Ninguna de estas circunstancias constituyen elementos de prueba a la hora de argumentar, salvo que se quiera demostrar que alguien es de raza negra o cristiano, pero más allá de eso el valor de los elementos es muy limitado. Llega entonces la opción más moderada: se reconoce a la persona, pero se busca mostrar que su opinión está comprometida por su contexto. Aquí entran en juego los intereses personales que pueden ser señalados como obstáculos para otorgar valor a la opinión y a la argumentación de alguien. Puede ser verdad que el banquero no es la persona ideal para redactar una ley que regule a las instituciones bancarias, puede que sea cierto que se da un conflicto de intereses, pero eso no significa que no esté en condiciones de aportar argumentos importantes y valiosos para lograr una buena redacción. En otras palabras, puede tomarse en cuenta la circunstancia, pero ésta no anula la posibilidad de escuchar las razones y argumentos que se ofrecen.

Para comprender mejor lo anterior es muy importante recordar la petición de principio que ya mencionábamos: hay que tener cuidado con los prejuicios sin ser ciegos a las circunstancias. - tuitéalo     Partir de algo como válido sin mayor análisis nos pone ante el riesgo de caer en este tipo de falacias. Dar por sentada la historia como elemento inamovible, dar por sentado que las circunstancias de una persona le impiden ofrecer razones de peso o dar por sentado que el feo no puede hablar de belleza, son puntos de partida viciosos si lo que se quiere es un diálogo racional y productivo. Nada más que formas de desviar la atención de lo que realmente vale la pena discutir y, precisamente por eso, elementos ante los que hay que estar muy atentos. Seguiremos con más la próxima semana.

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