Seguimos paseando por los bosques de la lógica. La semana pasada veíamos la importancia de que las premisas en un argumento fueran un auténtico soporte para la conclusión. En ello hay un elemento implícito que hoy vamos a explorar con más detalle: la premisas dan razones, por lo que hay que estar atentos a la manera en que en ellas puede aparecer también la emoción. No me lo tomes muy a cuenta. Personalmente no creo en que las dicotomías realmente operen en la orientación del comportamiento, pero admito que cuando hablamos de lógica hay que saber distinguir entre emoción y razón.

Ya lo decía Pascal de inmejorable manera: El corazón tiene razones que la razón no entiende - tuitéalo    . De manera que, cuando hablamos de lógica, de lo que se trata es de intentar comprender a esa razón que poco sabe y entiende de las cosas del corazón. Nada entiende de esa dimensión donde, cógete bien de la silla, parece reinar una lógica distinta. Si ahí donde Descartes dice que es el campo de lo claro y lo distinto pasamos bastantes apuros para entender lo que sucede, imagínate en la casa del vecino corazón donde el orden parece ser lo último que importa. No es de extrañar la inmensa tradición que se encarga de negarle (sin mucho éxito) sus derechos al terreno de las emociones. La razón es mucho más dócil y confortable a pesar de las dificultades que tiene el adentrarse en sus maneras. El terreno de lo racional es el de lo seguro y el que nos garantiza que con un poco de trabajo se puede llegar a dominar.

Premisas entre emoción y razón 

Pero volvamos a las falacias. ¿Qué pasa cuando una de las premisas tiene un tono emocional claro? La respuesta es muy sencilla: estamos ante un sofisma patético. No, no lo estoy insultando. El nombre deriva de la raíz pathos que corresponde al territorio de la emoción, de las pasiones, es decir, de lo que se padece. El argumento, por su parte, se asume como una figura sustentada en el logos que es el dominio del discurso racional, de la razón, para decirlo claramente. En ese sofisma lo que sucede, entonces, es que estamos ante un ejercicio de persuasión y  no de argumentación. Sí, ese es el asunto: la emoción persuade, la razón argumenta. - tuitéalo     De manera que, al no ofrecer razones, no se puede considerar como válido un argumento. Pero espera, insisto en que no se trata de menospreciar el poder de la emoción. Por el contrario, se trata de ponerte en advertencia ante su eficacia y, por tanto, a estar muy atentos ante su uso inadecuado.

No es lo mismo persuasión que argumento. Uno apela a la emoción y el otro a la razón. - tuitéalo    

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En el sofisma patético estamos en el terreno favorito de las madres y los hermanos. Cuántas veces has escuchado cosas como: qué diría tu padre si te viera, a mamá le daría mucho gusto, mira que si papá y mamá se enteran… Miles de casos en los que se apela a la emoción antes que a la razón. Si este ese el único punto de apoyo para una argumentación entonces es más que probable que se trate más bien de un chantaje emocional que de un esfuerzo por hacerte entender razones. Es verdad que la juventud por la que todos pasamos nos hace ser un poco necios creyendo que lo sabemos todo, sobre todo en estos tiempos donde el conocimiento teórico está al alcance de los dedos en cualquier momento. Pero aún así no está de más el dar razones de verdad para hacer las cosas y rematar, si se quiere, con un elemento persuasivo. Poner emoción y razón en la misma línea y no eliminar una por hacer uso de la otra.

Mi demagogo favorito 

Más allá de este terreno, que puede resultar hasta simpático, están los casos donde el uso del sofisma es realmente preocupante. En el terreno de lo colectivo, y particularmente en el de la política, es mejor tener una buena reserva de razones para lo que se hace o se deja de hacer. Renunciar al pensamiento crítico es de lo más peligroso que hay y ahí están las grandes guerras para demostrarlo. La emoción mueve montañas y fácilmente eclipsa los argumentos racionales. - tuitéalo     Es justamente esta dimensión siniestra contra la que tenemos que estar prevenidos. El concepto de nación es uno de los que parece funcionar como imán para las emociones que buscan suplantar el argumento. Basta hacer un ejercicio de memoria histórica para recordar todos esos discursos que todavía hoy resultan tan efectivos. Ahora mismo puede verse cómo el pueblo que padeció los aterradores efectos de este tipo de sofisma recurre a él para buscar el exterminio de aquellos a quienes ha tomado como invasores de su nación.

La demagogia es una de las fuentes de ejemplos del sofisma patético. - tuitéalo    

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No es de extrañar que aquí encontremos argumentos del tipo: los extranjeros están invadiendo y contaminando la pureza de nuestro territorio o todos aquellos que no piensen de esta manera están en contra de los principios de esta nación. No se ofrecen razones, se apela a un sentimiento nacionalista para mover hacia la acción o justificar lo que se hace y deja de hacer. Insisto en que el gran peligro está en que la emoción es tan poderosa que puede hacernos creer que ella vale por sí misma. Si se pierde la razón de vista seguramente se excederán los márgenes de la mesura con lamentables resultados. En otras palabras: emociona, pero no dejes de ofrecer razones. - tuitéalo     Voy a decirlo de otra manera. Puedes querer a tu nación tanto como te venga en gana. Oféndete si la insultan, presúmela con orgullo si te apetece. Pero no dejes que esas emociones suplanten la necesidad de saber que se avanza en una dirección sustentada en razones. Cuando todo se basa en el amor a una bandera se pueden llegar a cometer verdaderas injusticias y atrocidades. Cuidado, entonces, cuando alguien dice: todo sea por esta nación, porque no necesariamente te gustará lo que cabe en ese ‘todo’.

El miedo como rey de la irracionalidad 

Esta es la dimensión macro del problema, pero una a la que, dadas las circunstancias actuales, he querido dar un espacio importante. Pero en un terreno intermedio, y como caso recurrente también, esta la apelación al miedo para persuadir o disuadir. Esto regularmente implica el apelar a una situación de desigualdad de fuerzas donde quien usa la falacia cae del lado más favorecido. Es por eso que esta variante recibe el nombre de argumento ad baculum, que quiere decir al báculo o bastón como símbolo de fuerza y poderío. Es una manera de desplazar las razones a través del temor: será mejor que acepte las condiciones de este contrato, se ve que necesita el empleo.  Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

La inequidad es la madre de este tipo de falacia. Quien se sabe en una mejor posición que el otro bien puede llegar a insinuar esta situación como medida de persuasión. Un ejemplo: Mire, sabemos que esto no es del todo justo, pero es lo mejor que podemos ofrecer. Ahora que si quiere llevarlo ante los tribunales le costará más a usted que a nosotros, pero puede hacer lo que quiera. Las razones pasan a un segundo término porque se impone el miedo u otra emoción que deja sin elementos de respuesta. Algo que, como se ve, puede llevar a resultados nefastos. Lo cierto es que todo se fundamente en el poder que el otro tiene, en su posición ventajosa.

El miedo es irracional precisamente porque su fuerza suprime las razones. - tuitéalo    

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Hay casos en los que esto se hace de manera inocente: la madre que quiere que el hijo coma verdura amenazando con enfermedades o el maestro pintando apocalípticos panoramas si los alumnos abandonan los estudios. Aquí se apela al miedo pero sin una mala intención. Como siempre, lo importante es la mesura, el equilibrio entre los elementos. La emoción no es mala en sí misma, ni la razón rebosa de bondad. - tuitéalo     El pensamiento crítico demanda la demora en los detalles y busca las razones sin por ello dejar de disfrutar del canto de la emoción. Lo importante en este tipo de falacias es detectar que emoción y razón no pierdan el equilibrio y, sobre todo, que la primero no anule a la segunda. La lógica es la disciplina que gusta de la distinción y la claridad. Por eso es importante desde ella darle a cada una de las dimensiones su espacio justo. Algo que resulta más que razonable, ¿no crees?

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