Iniciamos el acercamiento a los grupos de falacias con los que te puedes encontrar tanto en un texto como en un diálogo. Ya la semana pasada definimos algunos rasgos generales de estos argumentos con apariencia de validez, por lo que ahora voy directamente con casos concretos, sus características y las maneras de salir de las trampas que plantean. Verás que son mucho más comunes de lo que te imaginas, además de que puede ser hasta divertido salir a cazarlas. Aunque, te repito, este es el camino más rápido para que dejen de invitarte a salir. Así que más vale usarlo de manera moderada.

Como en los comentarios del artículo de la semana pasada mi estimado Jacinto me dio la oportunidad de establecer una diferencia entre la verdad y la existencia como pertenecientes a la dimensión lógica y a la ontológica respectivamente, partiré aquí de un tipo de falacia de la que estoy seguro que conoces miles de ejemplos. Podríamos salir con una libreta y un bolígrafo, sentarnos en un café y hacer como el que observa aves y las dibuja en su libreta de campo mientras las falacias van pasando por nuestros oídos en las alegres conversaciones. Pero quizá esto deba matizarse: la falacia es divertida hasta que cosas serias se ponen en juego. - tuitéalo     Así que lo que aquí te comparto son elementos que te ayudarán a detectarlas, pero no confundamos la falacia con la maldad que debe ser erradicada del mundo, porque la mayoría de las veces se trata de inocentes errores de razonamiento.

Esencia y existencia: las falacias del accidente

Esta misma introducción se presta para destacar los dos elementos fundamentales en este tipo de falacia: esencia y accidente. Se trata de categorías que Aristóteles se encargó de definir y distinguir muy bien consciente de la importancia de marcar las fronteras entre ambas. La esencia es aquello estable e inteligible que hace que algo sea lo que es y no otra cosa. El accidente, por su parte, está en la dimensión de lo contingente, de aquello que puede ser parte de algo pero que no le resulta indispensable. El ejemplo más claro está en la geometría: un triángulo es un polígono de tres ángulos y tres lados. Quitar uno de sus ángulos es acabar con la figura. Pero bien podemos darle color, jugar con la apertura de los vértices y con el largo de los lados sin que esto afecte en esencia al triángulo.

Esencia y accidente son categorías aristotélicas fundamentales para la lógica. - tuitéalo    

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Ahora bien, no se necesita mucho para intuir que cuando esto pasa al terreno de lo humano la cosa ya no resulta tan sencilla. ¿Qué es lo esencial en un ser que puede cambiar tanto a lo largo del tiempo? Si nos ponemos existencialistas diríamos que en lo humano no hay esencia, sino que ésta viene después de la existencia. Entre el nacimiento y la muerte se juegan las posibilidades de cada uno. El punto de cierre es el que llama a cuentas para poder decir definitivamente lo que nos marcó, lo que fue nuestra esencia. Mientras este momento no llegue la posibilidad de ser otra cosa está siempre abierta. Esto puede resultar más o menos de tu agrado, pero hay algo que se mantiene: la distinción entre esencia y accidente. Lo que cambia es el orden temporal, es decir, primero tenemos un torbellino de contingencia y después la mortífera calma que permite hacer el recuento final para separar lo esencial de lo que no lo es.

Valga esta pincelada de existencialismo para marcar algunos puntos importantes. Primero es siempre fundamental detenerse a distinguir entre lo esencial y lo accidental - tuitéalo    , es un esfuerzo que ahorra muchos dolores de cabeza. Queda claro ya que en las decisiones humanas es complicado hacer una separación tajante y definitiva, pero eso no significa que no pueda hacerse una aproximación. La manera más habitual de encontrarse con este tipo de falacias está en la generalización precipitada, es decir, aquellas veces que escuchas cosas como: todos los hombres son infieles, si es político seguro que es corrupto o todos los brasileños juegan bien al fútbol. Esto que aquí te cuento de manera simpática y que hace evidente la confusión entre un elemento esencial y uno accidental es igualmente válido para cosas más delicadas como los argumentos racistas o los de corte nacionalista. Casos flagrantes, pero hay muchos más que son sumamente sutiles.

La falacia casuística

Imagina que estás ante la actuación de un mago: primero intenta el gran truco, algo espectacular, pero no genera la sorpresa o el impacto esperado. Recurre entonces a cosas más sutiles y más cercanas. En una palabra, se pone emotivo. Genera una serie de pequeños trucos que distraen tu atención mientras un nuevo gran acto se va preparando. De la misma manera, cuando la generalización no resulta convincente se puede recurrir a los casos particulares para volver confuso el punto en discusión. Normalmente esto se hace cuando se pretende recurrir a casos particulares para que éstos muestren la falsedad de una condición general, que no es lo mismo que esencial. Generalmente las rosas que venden por la calle son rojas, pero esto no significa que este color sea esencial a la flor, es decir, puede y existe de hecho una rosa que no es roja. Así, la pregunta a responder en este contexto se puede plantear más o menos así: ¿cuántos casos se requieren para desvirtuar o corroborar una generalización?

Es importante distinguir entre reglas y excepciones para no caer en falacias. - tuitéalo    

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La infidelidad no es esencial al hombre. Se trata más bien de un accidente, uno muy frecuente, pero no por ello deja de ser accidente. El contraataque comienza: ahí tienes a fulano y a mengano, mira también mi ex y el ex de esta otra. ¡Todos los hombres son iguales! Entonces la enamorada (o el enamorado) busca en su memoria las parejas ejemplares, esas que se mantienen siempre juntas y fieles. Busca la excepción a la regla y se aferra a ella de manera violenta. Se marca entonces una nueva distinción: la fidelidad es la excepción y la infidelidad la regla, pero no por eso dejan de ser una y otra accidentes en relación a lo humano. Esto no es sino una manera de decir el mismo discurso de toda la vida: la fidelidad, como el amor, es una decisión. Puedes dar con una regla, pero no por eso has dado con algo esencial. - tuitéalo     Vale lo mismo con la corrupción del político: una regla que tiene excepciones y no una condición esencial de quien ejerce esa actividad.

Vamos concretando las diferencias. En la falacia casuística lo que sucede es que se apuesta por los casos particulares para desviar la atención de la verdadera cuestión en disputa. No es suficiente con señalar una excepción para que se invalide una regla general. Lo que procede es mostrar que hay un numero consistente de casos en un mismo sentido para llegar a cuestionar con fuerza la regla. De lo contrario sólo estaremos atendiendo a particularidades que resultan insignificantes en relación a lo que es válido de manera general. En esta falacia, como puedes ver, nos movemos en el terreno de lo accidental y contingente. Se trata de una valoración de qué tan significativo es un elemento de esta dimensión, por lo que la atención debe estar en lo determinante que puede resultar una excepción encontrada. En pocas palabras, la falacia se resuelve distinguiendo claramente entre lo que es una regla y las excepciones que presenta para otorgar el justo valor a las cosas y no perder de vista el centro de una discusión.

En la falacia casuística no hay que dejarse distraer por los casos poco significativos. - tuitéalo    

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Concluyendo

Para cerrar vamos a terminar de ver cómo es que esto funciona. Cuando nos detenemos en buscar miles de ejemplos de hombres infieles o políticos corruptos, podemos llegar a caer en esa doble trampa de la que es muy complicado salir. Una vez se confunde lo esencial con lo accidental se puede terminar por aceptar cualquier cosa. - tuitéalo     Pero si tenemos claro que ni la corrupción ni la fidelidad son elementos esenciales, entonces podemos comenzar a discutir las razones por las que se dan y encontrar su justa dimensión. Esto no significa que resolveremos este par de problemas de una vez por todas, sino que al menos estaremos en un diálogo constructivo que aporte valor y resuelva pequeñas situaciones concretas. Si se acepta como esencial la corrupción, ¿no estamos a un paso de concluir que no podemos hacer nada contra ella? De la misma manera, un político honesto no prueba la inexistencia de la corrupción. Es ésta la que está en discusión como fenómeno real dentro de una actividad humana. Así que lo importante es no dejarse distraer por quien apela a casos excepcionales, ni permitir que se salga arraigándola en la esencia. Estos, insisto, son casos muy claros, pero hay que estar atentos para sus versiones más sutiles.

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