No, no hago ninguna alusión personal con el título. Déjame que te explique. Se trata de la letra de una canción infantil del gran Francisco Gabilondo Soler mejor conocido como Cri Crí que habla de un rey que a pesar de ser tan dulce tenía amargo el corazón. Te la dejo al final del artículo para que te rías un rato de la simpática historia del rey de chocolate con nariz de cacahuate (o cacahuete para los amigos de España). No, eso no es de risa, la palabra es originaria del náhuatl y significaba cacao de la tierra, así que puestos a elegir yo me quedaría con la versión del lugar de origen. Pero bueno, eso es harina de otro costal. Aquí estamos para hablar de este ajetreo que se ha armado con la ocurrencia del rey de España de abdicar.

Lo primero que hay que decir es que, en efecto, estamos ante un acontecimiento histórico. No lo digo con el tono del periodista que quiere abrir su comentario con algo impactante. No soy periodista, ni me interesa el impacto. Lo digo porque no es tan usual asistir a un momento como este en el que puede suscitarse una transición política sin la mediación de un acontecimiento violento. La acción de Juan Carlos I llegó en un momento en el que las fuerzas políticas se esforzaban por sacudirse el polvo de las elecciones europeas al tiempo que intentaban hacer un recuento de los daños. El más importante de ellos fue la sorpresa del partido encabezado por Pablo Iglesias que logró cinco escaños en el Parlamento Europeo.

El ciudadano todavía no despierta por completo, pero en un descuido levanta cabeza. - tuitéalo    

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Sin entrar en una reconstrucción completa del escenario, habría que decir que mientras que el PP y el PSOE se recuperaban del mareo, el mensaje en las urnas era muy claro: el ciudadano de a pie, el peatón que diría el poeta Sabines, se está cansando. Todavía no despierta por completo, pero ya comienza a moverse y en un descuido levanta cabeza. ¿Habrá sido esta la gota necesaria para que se derramara el vaso? ¿Se explica desde aquí la decisión de Juan Carlos I? No lo sé y me parece que es todavía muy pronto para saberlo. Podemos, el partido sorpresa, ha ilusionado y la falta de tino político en las críticas que recibe le ayudan mucho a consolidar su imagen. Pero todavía hay que verlo en acción para saber el verdadero alcance de su reciente logro.

Lo único cierto es que algo nuevo se anuncia, los signos son claros del lado ciudadano y no tanto del de la clase política. No hay una figura de respeto, hace falta el fiel de la balanza que marque el equilibrio en caso de que las cosas se salgan de control. Justo ese es el papel (discutido y discutible si se quiere) que se le ha dado al rey Juan Carlos en la  Transición Española, pero ahora no cuenta con la misma fuerza, ni el mismo apoyo social de aquel entonces. De manera que parece claro que el aumento del encono y los signos de cambio pudieron encender las alarmas.

La jefatura de estado puede ser fundamental para los equilibrios del poder. - tuitéalo    

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Dejo ese análisis para los más capacitados y me concentro en un elemento harto curioso. Parte de la misma molestia generalizada en la sociedad se ha dejado escuchar nada más se supo la decisión. Miles salieron a las calles para pedir una consulta, un referéndum para aprovechar el impulso y dejar de lado por completo la monarquía. El grito de república se escucha aquí y allá como si fuera completamente claro lo que se pide y lo que se quiere. La monarquía parlamentaria, el sistema actual de España, mantiene un rey como jefe de estado delegando la jefatura de gobierno en el parlamento. En otras palabras, de monarquía tiene más el nombre que otra cosa. El rey en turno no tiene mayor poder que el de la representación y hace de una especie de moderador en caso de conflictos al interior de las fuerzas de gobierno. Todo acotado por la Constitución del país que es la que rige, algo fundamental para que una república sea considerada como tal: ante todo la ley frente a la que somos iguales (al menos en teoría).

La variante, entonces, está en que el sistema actual conservaba a los reyes con todo y su linaje para depositar ahí la jefatura de estado. Claro que los gastos, peculiares formas de divertirse y escándalos por el abuso de influencias, han puesto a la familia real en los reflectores no precisamente para mostrarla como una fuente segura de líderes políticos. ¿Para qué se quiere entonces la monarquía? Esa es la legítima pregunta que se hacen por estas tierras y que ha estallado con fuerza con la decisión de Juan Carlos I. Pero hay que ir más lento, demorase un poco en pensar lo que sigue. Clamar por una república sin especificar de mejor manera puede llevar a resultados todavía peores a los que se tienen. Ya se está en una república, funcionan muchos de sus principios. Extirpar una parte de ella significa que algo se tendrá que poner en su lugar y es aquí donde, me parece, está la pregunta clave: ¿en dónde va a recaer la jefatura de estado si se acaba la monarquía?

La jefatura de estado ejerce un poder simbólico que no debe menospreciarse. - tuitéalo    

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Como decía una publicidad mexicana: ¡mucho ojo! Mis queridos amigos ibéricos que hoy ven la posibilidad de un cambio, de verdad les digo que el presidencialismo no cambia mucho las cosas. En México sirvió para estabilizar lo que era una guerra de caudillos. Pero el resultado fue un partido que gobernó por más de 70 años y hoy está de regreso en el poder. Se ganó en estabilidad, pero a la estabilidad le gustó el estado de cosas y fue muy difícil pintar de democracia el territorio (todavía estamos en ello). La jefatura de estado ejerce un poder simbólico y sería mejor que quien la detente no salga tan caro. Pero no hay que menospreciar este tipo de poder ni mucho menos su papel al interior del gobierno. Es una cuestión delicada donde tampoco se trata de tirar al niño con todo y el agua sucia de la bañera. Así que hay que ir con mucho tiento y sin perder de vista cómo se modelan las estructuras de poder al pedir un cambio de esta naturaleza. No vaya a ser que les quede una república que a pesar de ser tan dulce tenga amargo el corazón.

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