Yukio Mishima tensó sus músculos y se atravesó el vientre con la hoja del tantó, una daga samurái de unos 20 centímetros con la que removió las entrañas de su país. De la literatura. Y sobre todo y lo más repugnante, las suyas. O eso dicen los testigos que pudieron vivir para contarlo. Ahí estaba el tipo, ante la mirada atónita e impotente de alguien que minutos antes, había demostrado no ser de su cuerda, el jefe del ejército nipón, que resoplaba como un toro desbocado… amarrado a su silla. Sangre y honor. Talento y confusión. Un espectáculo en el filo del respeto, la lealtad y la tragedia, que agitaría las conciencias de su tiempo. Una carnicería propia de Tarantino.

Culto al cuerpo

El escritor llevaba años preparando ese instante, mentalizándose para el ritual del sepukku, para morir arrodillado y con ideogramas en la frente. Años educándose en ese salvajismo culto y poético. Yukio fue un fanático, sí, pero tenía unos principios; que al final, lo arrastraron hasta el campamento Ichigaya, el cuartel general de Tokio del Comando Oriental de las Fuerzas de Autodefensa de Japón. No era un ratón de biblioteca, y tampoco quería parecerse a las ratas que veía cada día…

Aquella mañana del 25 de noviembre de 1970, el rumor del viento chocó en el rompeolas de las tradiciones. Mishima no era de los que se esconde, había salido al balcón para dirigirse a los soldados reunidos abajo, llevaba preparado un manifiesto y pancartas que enumeraban sus peticiones. Su discurso pretendía inspirarlos para que se alzaran y dieran un golpe de estado. Para que devolvieran al Emperador a su legítimo lugar. No fue capaz de hacerse oír, de convencer. Yukio Mishima vivía obsesionado con la muerte, y su interés por el bushido, el código de los samuráis, había ido colonizando su razón. Poco a poco y sin respiro; a cada aliento, a cada latido.

Jamás traicionó a ese muchacho que escribía poesía. Antes de salir para el cuartel, compuso el ancestral jisei no ku, un poema de despedida que completaba el ritual. Un paso más hacia el abismo en este último baile de muertos vivientes. Una necesidad imperiosa cuando se acerca la hora del sueño eterno. El hijo escamado de un antiguo secretario de Pesca del Ministerio de Agricultura, quería plantarse. Un hombre de honor, aunque hoy ese concepto esté en desuso y haya perdido su sentido. Igual que lo perdió Yukio tras protagonizar esta función cruenta y ardiente que tanto nos escandaliza, y que sin embargo, nos fascina. Seamos sinceros. Cruzo las piernas con mi culo sentado en la cómoda silla de oficina. El morbo nos acecha en cada esquina como una sombra que se agiganta, ¿verdad? Mientras lo pienso, bebo un sorbo de Coca-Cola. El arma más peligrosa que manejo es el mando a distancia de la televisión, al que doy vueltas como si fuese un revólver en manos de John Wayne. ¡Qué barbaridad, chico! ¿En qué estabas pensando? ¿No había otra salida? ¿Cómo tuviste valor?

El rumor del oleaje

Estaba todo dispuesto. Cada detalle, cerrado. Durante el seppuku el corte podía provocar una larga agonía, así que un ayudante, kaishaku, sería el encargado de decapitarle. El kaishaku solía ser un familiar o amigo. Yukio eligió a uno de sus discípulos, miembro de la Tatenokai (La “Sociedad del Escudo”, que pretendía reencarnar los valores nacionales de su Japón tradicional y que vestía un majestuoso uniforme que él mismo había diseñado). Eligió a Masakatsu Morita. La desgracia quiso que Masakatsu no acertara a descabezarlo tras varios intentos, por lo que finalmente Hiroyasu Koga, otro discípulo, terminó el encargo. Trago saliva, acaricio suavemente mi cuello y se me hiela la sangre solo de pensarlo. El ritual acabó cuando Morita corrió la misma suerte. Las manos de Koga pudieron relajarse. Una escabechina… roja.

La mariposa volaba alto, tratando de alejarse de la isla, y se internaba en la brisa marina. Por suave que pareciera, la brisa tiraba de sus tiernas alas. Pero, a pesar de esa resistencia, la mariposa logró adentrarse en el mar. La madre la contempló hasta que fue sólo una mota negra contra el cielo deslumbrante.

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Y ahora ya sí, te recomiendo la lectura de esta novela flacucha y medio olvidada… al menos en mi biblioteca… acumulaba polvo al fondo de una estantería. Una de ésas que vas dejando y dejando para mejor ocasión y esa ocasión nunca llega. Cógela. Pronto nos envolverá el verano, podrías disfrutarla tumbado en la arena de alguna cala tranquila, con la brisa marina acariciando tu rostro y las páginas de papel absorbiendo el olor a salitre. Un placer exquisito. Es un relato mágico que consigue que se desvanezcan las oscuras grutas que la personalidad atormentada del autor nos mostró en vida. Un contraste deslumbrante.

El rumor del oleaje es una novela bastante corta y sin espinas, que se lee casi de un tirón. Que no te espante su procedencia japonesa, serás cómplice de las aventuras y desventuras de sus protagonistas, no te sentirás intruso en una cultura y una narrativa tan remotas. Es lo que tiene la buena literatura. Una historia de amor sencilla e inocente en una isla del Pacífico… con final previsible. ¡Espera! ¡Sigue leyendo! A pesar de eso, créeme, logrará secuestrar los sentidos del lector más complejo. O los tuyos. Emociona. Belleza y lirismo son palabras que cobran sentido cuando paseas tu mirada por las líneas del libro, cuando te dejas llevar de la mano por su narración pausada, su delicada forma de contar. Este párrafo me ha salido demasiado rosa y cursi… voy a ver si televisan un partido de rugby en alguna cadena de TV para compensar. O tendré que salir a la calle y escupir en el suelo. O entrar a un bar, insultar al primer borracho que me encuentre, y usar mis puños emulando a Hemingway…

Shinji y Hatsue son los dos jóvenes a los que Mishima da vida con trazos vigorosos y palabras sutiles. Un joven y humilde pescador, huérfano de padre, que debe mantener a su madre y a su hermano, y ella, la hija adolescente de un rico naviero. Una relación descrita con sensibilidad. Yukio dibuja los primeros besos y caricias de la pareja, el descubrimiento de un amor puro, un amor platónico, en los años posteriores a la II Guerra Mundial. Viven en una isla de pescadores, protegidos por el manto del Japón más tradicional y austero. Una isla casi idílica, bastante pequeña, un paraíso donde las costumbres se heredan generación tras generación. Los hombres se dedican a la pesca en el Taihei-maru, un pequeño barco a motor que descansa por las noches varado en la playa, y las mujeres a la extracción de perlas. Trabajos duros que curten a sus gentes.

Yukio Mishima

Si te invade un tremendo deseo de coger una mochila y viajar como turista, te diré que los paisajes más hermosos y privilegiados de la costa se observan desde el santuario de Yashino, que está consagrado a Watatsumino-Mikoto, el dios del mar, y desde el faro, cerca del monte Higashi, donde viven el farero y su esposa, personajes que iluminan a los isleños… con la cultura. Dos escenarios clave en la novela. Como el puerto, la bahía de Ise, los barcos de pesca y sus capturas, la “casa de dormir” de la asociación de jóvenes, las ruinas, la arena y el mar. Pero lo trascendente estalla más allá de todo lo tangible. El honor, la paciencia, el rechazo a la modernidad, la relación entre ricos y pobres, la fuerza interior, la confianza, el trabajo, la modestia, el amor a la familia…  las difamaciones, la cobardía, los rumores, las prohibiciones…  y el valor. El empuje.

A mí no me picó la sanguijuela patriótica y nacionalista, y si hay que poner en una balanza progreso y tradiciones, el platillo del progreso siempre pesará más en mi pensamiento. Sin embargo, admiro su actitud crítica, las alas que le permiten adentrarse en el océano aunque sepa que es un esfuerzo inútil, y sobre todo, su pluma, su universo literario. Al fin y al cabo, es lo que queda de un escritor. Lo que importa. Las huellas que dejas en la arena cuando te posas. Japón no es solo Murakami…

El muchacho experimentaba una sensación de total armonía con la abundancia de la naturaleza que le rodeaba. Inhaló profundamente, y fue como si una parte de ese algo invisible que conforma la naturaleza hubiera penetrado hasta el centro de su ser. Oyó el rumor del oleaje que rompía en la orilla, y fue como si su sangre joven se agitara al ritmo de las grandes olas marinas. El hecho de que Shinji no experimentara ningún tipo de carencias musicales en su vida cotidiana se debía sin duda a que el mar satisfacía su necesidad.

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